domingo, 15 de diciembre de 2013

La Tabernera del Puerto (Cantables)



LA TABERNERA DEL PUERTO



Romance marinero en tres actos.

Libreto: Federico Romero y Guillermo Fernandez-Shaw.

Música: Pablo  Sorozábal.

Estrenada el 16 de mayo de 1936 en el teatro Tívoli de Barcelona.


ARGUMENTO


El marinero Verdier que ha perdido la fe y no cree en la justicia divina llega al puerto de su ciudad natal del que ha estado seis años ausente. Allí se entera de que hay una taberna nueva a la que acuden los marineros atraídos por la belleza de Marola que regenta la taberna ayudada de su compañero Juan de Eguía. Todos los marineros están enamorados de Marola y todas las mujeres están celosas de ella. Verdier se reúne con sus antiguos compañeros Leandro v Juan de Eguía y rememoran sus días de juventud v sus aventuras.
Ripalda dueño del café del Vapor disgustado por la falta de clientes, ya que todos acuden a la taberna de Marola, trama contra esta escenas de celos y siembra cizaña entre el matrimonio de Antigua y Chinchorro.
Juan de Eguía quiere hacer contrabando con una partida de cocaína y comunica a Marola que como Leandro está enamorado de ella, ha de convencerle para que él sea el que lleve a cabo esta operación, Marola duda, no sabe si atender la propuesta de Juan de Eguía o salvar de una situación enojosa a Leandro, por el que siente un verdadero y apasionado amor.
Por fin se decide a hacerle la propuesta a Leandro. Los planes de Marola y Juan de Eguía son descubiertos por el marino inglés, Simpson quien denuncia a Leandro que va a ser juego de los manejos de Juan de Eguía para llevar a cabo una operación de contrabando. Leandro queda abrumado; él pensaba que el amor que le había demostrado Marola era sincero y ahora se da cuenta de que es falso e interesado.
Marola está desesperada porque ama con pasión a Leandro y decide explicarle todo el asunto.
Habla con él, le declara su amor y le explica que Juan de Eguia es el padre de ella y que ahora le ha pedido su colaboración para llevar a cabo la operación del contrabando. Leandro comprende toda la situación y ambos entonan un apasionado dúo de amor, Marola no quiere abandonar a Leandro y decide acompañarle en la barca en que ha de salir al día siguiente con la partida de cocaína.
La gente murmuradora al ver a Marola y a Leandro salir, imaginan que ambos se escapan para emprender una nueva vida lejos de Juan de Eguía.
Juan de Eguía a quien le abruman los remordimientos explica a todos su verdadera identidad.
Declara que él es el padre y no el marido de Marola y que ha cometido la infamia de arrastrar a Leandro y a Marola a la aventura del contrabando. Comprenden el sacrificio de Leandro, quien por obtener el amor de Marola, ha accedido a realizar esta operación. Todos están indignados y gritan: “Juan de Eguía es culpable”. Aparecen en el puerto Marola y Leandro seguidos por los carabineros. Juan de Eguía se declara culpable y los carabineros le apartan de la pareja y le conducen con ellos. Marola y Leandro enlazan sus manos y Verdier declara que ahora sí cree en Dios y en la justicia divina. Leandro entra en la taberna con Marola y la rutina vuelve al pueblo.


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Personajes:

Marola: Tabernera hija de Juan de Eguía, enamorada de Leandro.

Abel: Joven músico de Provenza.

Antigua: Mujer de Chinchorro, bebedora como él.

Leandro: Marinero enamorado de Marola.

Juan de Eguía: Contrabandista, padre de Marola.

Simpson: Amigorro y socio de Juan de Eguía.

Verdier: Marino marsellés de bajos fondos, socio de los anteriores.

Chinchorro: Borrachuzo patrón de un barco.

Ripalda: Dueño del café cercano a la taberna en que trabaja Marola.


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Números musicales:

Escena “Eres blanca y hermosa…..¡Ay que me muero por unos ojos!....Salve, Señora, Reina y Madre de misericordia!: (Marineros, Verdier, Ripalda, Abel, Menga, Tina, Hombres, Mujeres)
Terceto “Hace días te esperaba” y habanera “Bajo otros soles, por otros mares”: (Juan, Verdier, Simpson)
Dueto cómico “Ven aquí camastrón…..¡Ay pobre de mi! mi vieja está borracha”: Antigua, Chinchorro)
Dúo de Marola y Leandro “Todos lo saben…..Marinero vete a la mar”: (Leandro, Marola)
Final del acto I “Aquí está la culpable….Si a tu marido tú le quieres agradar”: (Mujeres, Marola, Antigua, Juan, Abel, Leandro)
Escena de la taberna “Eres blanca y hermosa… ¿Quieres tú cantar una canción? tabernera graciosa”: (Hombres, Simpson, Juan, Marola)
Romanza de Marola “En un país de fábula….Yo también soy un pájaro viejo”: (Marola)
Romanza de Juan de Eguía “La mujer de los quince a los veinte….chíbiri chíbiri”: (Juan)
Romanza de Simpson “Despierta, negro, que viene el blanco….La luna es blanca muy blanca”: (Simpson)
Romanza de Leandro “¡No puede ser!….los ojos que lloran no saben mentir”
Raconto de Marola, recitado “Yo soy de un puerto lejano”: (Marola)
Terceto cómico “Marola resuena en el oído”: (Abel, Ripalda, Marola)
Final del acto II “Yo no te comprendo, ¿qué es lo que pretendes? padre…..¡Marola! ¡Marola! Esta dama remolona va a tenerme que escuchar”: Marola, Juan, Marineros, Leandro, Abel, Simpson)
Dúo de Marola y Leandro “¿No escuchas un grito que suena lejano?....Por el ancho mar en la noche”: (Marola, Leandro)
Recitado “En la taberna del puerto desde que no hay tabernera” y canción de Abel “¡Ay que me muero por unos ojos!: (Abel)
Romanza de Juan de Eguía “¡No! No te acerques”: (Juan, Hombres, Mujeres)
Final “¡Son ellos! era verdad….Yo sólo fui culpable…..Ripalda, ¡ya voy creyendo que hay Dios!: (Hombres, Mujeres, Simpson, Leandro, Juan, Marola)


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ACTO PRIMERO

En el puerto viejo de Cantabreda, suburbio de pescadores, a un costado de la ciudad norteña imaginaria. A la derecha, atacando desde la embocadura, la taberna de Marola.
Es una casita de dos plantas. En la primera, puerta del establecimiento y, a continuación, ventana abierta.
Debajo de esta en el exterior, una mesa con taburetes alrededor. En la planta alta un balcón corrido con balaustrada de madera, formando galería debajo de la cornisa, que es un tosco artesonado. Alguna ropa tendida en el balcón. La taberna no tiene muestra o rótulo, pero a ambos lados de la puerta, hay sendos cartelones de anuncios de bebidas exóticas, ron, whisky o ginebra. La fachada de este edificio es oblicua con respecto a la batería. A la izquierda, también atacando a la embocadura y también en dirección oblicua a la  batería, o sea en línea perpendicular a la fachada de la taberna, la puerta de un café, único hueco visible del edificio.
Saliendo de ella se encuentra a la derecha un velador de mármol con dos sillas. Sobre la puerta, un rotulo: “Café del vapor”. Al foro un recodo de la ría. Detrás del pretil, que presenta una interrupción en el centro de la parte visible, para dar paso a una escalera, se ven chimeneas de vaporcitos pesqueros de escaso tonelaje y barcas de pesca. En la otra ribera la Cofradía de los Mareantes y una iglesia de traza gótica. Detrás, trepando por un monte en forma de convexo anfiteatro, el primitivo poblado: casas de tres pisos, todas con galerías o corredores típicos. Una parte de los espectadores podrá ver un viejo puente romano que une la Cofradía con la ribera de acá. Al comenzar el acto, está amaneciendo. Hay luz del día ya claro, pero no ha salido el sol, que a poco, dora el poblado del fondo hasta llenar de luz toda la escena. Dentro de la taberna y del café, se percibe el alumbrado artificial, hasta que, después de la salida del, sol queda extinguido.

(Nadie en escena. Se oye el canto de unos marineros, que se supone en una embarcación de la ría)

Escena “Eres blanca y hermosa…..¡Ay que me muero por unos ojos!....Salve, Señora, Reina y Madre de misericordia!: (Marineros, Verdier, Ripalda, Abel, Menga, Tina, Hombres, Mujeres)

MARINEROS
Eres blanca y hermosa
como tu madre,
morena salada
como tu madre.

(Salen por el foro izquierda unos cuantos pescadores con ropa de agua. Cruzan repitiendo el estribillo. Entran en la taberna. Del café sale Ripalda, el dueño. Por el foro derecha sale Verdier, un tipo bien plantado, de cuarenta años, con una indumentaria un poco anacrónica: botas altas, calzón gris, un jersey listado y un chaquetón con grandes botones plateados. A la cabeza una gorra de visera con la copa alta y arrollada como una barretina azul)

(Recitado)

VERDIER
Buenos días, cafetero.

RIPALDA
¿Estoy despierto o dormido?

VERDIER
Soy Verdier.

RIPALDA
¿Cuándo ha venido?

VERDIER
Anoche atracó el velero.
Sírveme un café caliente,
que está la mañana fresca.

RIPALDA
Menos mal que algo se pesca
y aún queda un hombre decente.

VERDIER
¿No hay nadie dentro?

RIPALDA
Un borracho que ha dormido aquí la mona.
Es que hay una lagartona…

VERDIER
¡El café! ¡Pronto, muchacho!...

(Ripalda, muy diligente hace mutis. Verdier se sienta a la mesa. Por el foro izquierda viene Abel, un chico de catorce años, descalzo, pobre, pero limpiamente vestido: calzón corto, camisa, una bandolera de la que cuelga un acordeón al costado del mozuelo. Cruza la escena y se asoma a la puerta de la taberna, mientras por el foro, pasan varios marineros con sus ropas azules acompañados por sus mujeres. Llevan artes de pescar: bicheros, garlitos cubos, calderos, banastas y algún farol.
Vienen y se van cantando un aire sin letra. Dos de los marineros hacen mutis por la abertura del pretil, bajando a la ría. Menga y Tina, se quedaron arriba, largándoles desde el pretil los trebejos que han traído. Abel suspira y se aparta de la taberna, preparando el acordeón. Se dirige a Verdier y a un prudente distancia se detiene y canta acompañado de su instrumento)

ABEL
En la taberna del puerto,
-¡qué joven la tabernera!-
se bebe el mejor vinillo
que viene de extrañas tierras.
En la taberna del puerto,
-¡qué hermosa la tabernera!-
se viven alegres horas,
bebiendo las horas muertas.
En la taberna del puerto,
-¡Dios salve a la tabernera!-
los hombres parecen tigres
que huelen sabrosa presa.

(Cantado)

¡Ay, que me muero
por unos ojos!
¡Ay que me muero
de amores locos!
¡Ay, que me mire
aunque me muera!
¡Ay, que me mire
la tabernera!

(De la taberna sale el grupo de marineros que antes entró. Mutis)

(Recitado)

ABEL
Déme una perra, señor.

RIPALDA
(Que sale con el servicio)
¡Vete al diablo, sinvergüenza!

MENGA
Tú eres un enredador.

ABEL
¡Trovador! ¡Como en Provenza!

VERDIER
Toma, chico. Soy de allá.

(Dándole una moneda)

Marsellés, aunque me pese.

RIPALDA
¿Le da usted limosna a ése?

TINA
¡Pronto se la beberá!

ABEL
¿Yo me emborracho?

TINA
Tú y todos estáis borrachos por ella.

MENGA
¡Y si fuese una doncella!

(Ha empezado a sonar lejana la Salve marinera)

(Cantado)

HOMBRES y MUJERES
(Dentro, cantando)
¡Salve, Señora,
reina y madre
de misericordia!
¡Vida y dulzura
y esperanza nuestra!

(Recitado)

VERDIER
¿Qué canto es ése?

ABEL
Ese canto es la Salve marinera.
Cuando pasa una trainera por
frente del camposanto,
como vive en su capilla la
Virgen del Carmen, cantan.

VERDIER
¿Y así las olas espantan?

ABEL
Sí, señor. ¿Le maravilla?

VERDIER
Está medio mundo loco.

(A Ripalda poniéndole un duro en la mesa)

Cóbrate de este dinero.
¿Tú crees en Dios, cafetero?

RIPALDA
(Espontáneo)
Sí, señor.

(Al ver el gesto de Verdier y cogiendo el duro)

Pero muy poco.

(Mutis. Oyese cerca la Salve. Por la izquierda sale, corriendo, un grupo de mujeres, que vienen a colocarse junto a Menga y Tina, mirando a la ría y saludando con manos y pañuelos)

(Cantado)

MUJERES
(Dentro)
¡Madre!
Dios te escuche,
Dios te salve,
reina y madre.
¡Salve, Señora,
reina y madre
de misericordia!

(Suena ahora la voz del coro en el fondo de la escena y se va alejando)

HOMBRES
(Cantando dentro)
Eres blanca y hermosa,
como tu madre.



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(Las mujeres van cambiando la dirección del saludo y al fin echan a correr todas hacia la derecha. Abel se ha quitado el sombrero, hincando una rodilla en tierra. Ripalda sale del café, le entrega la vuelta a Verdier, saca un cepillo del bolsillo trasero del pantalón, le quita la gorra a Verdier y se la cepilla cuidadosa e insistentemente, hasta que se pierde la Salve por completo.
Levantase entonces Abel y también Menga y Tina, que se van por la derecha. Canta dentro un marinero, dominando la voz del coro, pero disminuyendo también hasta perderse por la izquierda)
Quedan en conversación Ripalda, Verdier y Abel. Verdier confiesa que hace seis años que falta de Cantabreda, por lo que no conoce la novedad de que hay una nueva taberna en el puerto, a la que llevados por la belleza de Marola, la tabernera, acuden siempre los marineros.
Abel mismo manifiesta su amor por ella, no sin obtener cierta sorna por parte de Ripalda. La curiosidad que muestra Verdier hace que en un mano a mano le informen de Marola llegó al lugar hace dos meses en compañía de Juan de Eguía a quien creen su marido. Tal como transcurre la charla parece que Ripalda no tiene buen concepto de los nuevos vecinos. Por otra parte Verdier, al oír el nombre de Eguia, se sorprende, dando muestras de conocerle envía a Abel con un mensaje de su parte. Marola asomándose a la ventana les indica que Juan aún no se ha levantado. Verdier que queda admirado por la bellaza de la muchacha, le dice una contraseña por la que Eguia sabe le reconocerá ¿Quiere decirle, patrona, que Brasil está en América? Mientras tanto aparecen Chinchorro, un patrón ya maduro, casi viejo, con Fulgen y Senen, dos marineros jóvenes que trabajan para él. Van buscando a Leandro, un marinero robusto y simpático que se entretiene más de lo debido en la taberna de Marola.
Antes de tropezarse con el que buscan lo hacen con Verdier, con quien Chinchorro tiene unas palabras, pues ya se conocen. Al fin sale Leandro de la taberna; le invitan a salir a la mar, pero no parece estar en buena disposición. A continuación le afean a Leandro el estar enamorado de Marola y descuidar su trabajo. Luego Chinchorro y sus dos marineros entran en la taberna. Juan de  Eguia sale al encuentro de Verdier. Del café sale Simpson, viejo ex marinero inglés, alcohólico, que se gana la vida de la caridad de los pescadores y de acompañar como interprete a los marineros extraños que caen por Cantabreda. Simpson y Verdier se reconocen inmediatamente. Por este último nos enteramos de que los tres son, en realidad gente de mal vivir. Verdier sale al encuentro de Juan de Eguia, mientras Simpson se sirve del caneco una convidada. Eguia es hombre de cerca de cincuenta años, curtido, con alguna cicatriz, pero de expresión simpática, gesto dominador, aunque no autoritario. Se impone por su sonrisa, que nunca abandona.

Terceto “Hace días te esperaba” y habanera “Bajo otros soles, por otros mares”: (Juan, Verdier, Simpson)

JUAN
(A Verdier)
Hace días te esperaba.

VERDIER
El asunto se dio mal.

JUAN
(Fijándose en el viejo)
¡Hola, Simpson!

SIMPSON
¡Mala peste con vosotros!
¡Vaya un par!

VERDIER
(A Juan)
Ese está con la ginebra y a comprometernos va.

JUAN
No le temas, es un infeliz.
Le domino como a un bergantín.
Obsérvale bien, ¡y ahora veras! ¡Ohé!

(Tararea un aire exótico que, desde el primer instante, hace efecto en el inglés)

SIMPSON
(Cuadrándose ante Juan de Eguía)
¡A sus ordenes mi capitán!

(Queda Juan entre sus dos amigos)

JUAN
¡Que días aquellos
de la juventud!

SIMPSON
¡La luna, tan blanca
y el mar, tan azul!

JUAN
Bajo otros soles,
por otros mares,
¡con qué bravura,
con qué bravura,
bogó mi nave!
Son otros tiempos
que ya no vuelven,
y el recordarlos
y el recordarlos
rejuvenece.

JUAN y SIMPSON
Aquellas noches
de borrachera,
durmiendo en brazos
de torpes hembras!
¡Y aquellas horas
de corto idilio,
que eran amores
para el olvido!

SIMPSON
¡Y aquellas negras!
¡Y aquellos vinos!

JUAN, VERDIER y SIMPSON
¡Cuantos caminos tiene la mar!
¡Cuantos escollos ocultos hay!
Juega el velero con el azar,
y nunca sabe ni cuando llega,
ni adonde va.

JUAN
Tan sólo obediente
navega en la mar,
¡sumiso al mandato
de su capitán!
¡¡Ohé!!

(Termina el numero cuadrándose de nuevo Simpson, y ahora también Verdier, ante Juan de Eguía)


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Para hablar con seguridad, los tres amigos se introducen en el café que regenta Ripalda, a quien le envían a por tabaco para que les deje solos. Este, a su vez le traspasa el encargo a Abel, que se le ha encontrado saliendo de la taberna. Ante el muchacho se ufana de que el dueño de la taberna bebe en su café y que está abrumado de trabajo. Luego sale Antigua, vendiendo sardinas. En el diálogo con Ripalda todo su afán es que la invite a un trago de mala ginebra. Ripalda le da un empujón que motiva llegue a la puerta de la taberna dando traspiés. Al ver a su marido dentro, entra muy resuelta y saca a Chinchorro cogido por una oreja. Los dos estén borrachos e inician un dúo cómico rápido y rítmico.

Dueto cómico “Ven aquí camastrón…..¡Ay pobre de mi! mi vieja está borracha”: Antigua, Chinchorro)

ANTIGUA
¡Ven aquí, camastrón!

CHINCHORRO
¡Que me arrancas la oreja!

ANTIGUA
(Soltándole)
¡Si no fueras pendón!

CHINCHORRO
¡Que demonio de vieja!

ANTIGUA
(Dirigiéndose hacia la taberna)
¡A esa guarra también
voy a darle garrote!

CHINCHORRO
No te expongas, mi bien,
que te arranca el bigote.

ANTIGUA
Ven acá, tití:
¿qué le vistes a esa sinsorga
que no me vieras a mí,
para siempre estar ahí?

CHINCHORRO
Vengo aquí a beber
y a olvidarme de que en mi casa
duermo con una mujer
que parece un brigadier.

ANTIGUA
¡Ay, Señor! ¡Que sufrir!
No me deja ni vivir.

CHINCHORRO
¡Ay, Señor!
¡Por San Blas!
¡Cuándo te la llevarás!

(Otra vez a su mujer, tirando de ella)

¡Ven aquí, bacalao!

ANTIGUA
¡Qué me rompes la falda!

CHINCHORRO
¿Dónde la has agarrao?

ANTIGUA
(Señalando el cafetín)
¡Es que me han convidao.

CHINCHORRO
¡Ay, pobre de mí!
Mi vieja está borracha.
¡Ay, pobre de mí!
Que yo lo estoy también.
Una vieja, gorda y pelleja,
y un abuelete como pareja,
se van del bracete por la calleja,
cae una teja ¡y hay un belén!

ANTIGUA
¡Ay, pobre de mí!
Mi viejo está borracho.
¡Ay, pobre de mí!
¡Que yo también lo estoy!
Este viejo, necio y pendejo,
se ha sacudido
más de un pellejo,
y a mí me ha ocurrido
lo mismo que al viejo.
No sé como ha sido
ni sé ya quién soy.

CHINCHORRO
¡Ven acá, mujer!
Que te lleve pronto a la cama,
porque te vas a caer
¡y te voy a sostener!

ANTIGUA
¡Eso sí que no!
Tú no puedes, con lo que llevas
¡Mira que bien ando yo!
¡Más salada que Charlot!

CHINCHORRO
¡Santo Dios! ¡Qué mujer!
De narices va a caer.

ANTIGUA
Eso tú; que ya estás
que no ves por donde vas.

(Al final cogidos del brazo y olvidándose de la banasta de sardinas, se dirigen hacia el fondo izquierda, haciendo antes una breve evolución)

ANTIGUA y CHINCHORRO
¡Trumla, trumla, trumla, la, la!...

(Mutis de ambos, sosteniéndose mutuamente)


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Salen de la taberna Marola, fulgen y Senén. Aparece Juan de Eguía y le pide a Marola que le ayude en un negocio que tiene entre manos. La joven tabernera le recrimina la vida que le hace llevar. Luego, el rudo marinero le explica el plan a seguir: deberá convencer a un hombre fuerte y bravío que se decida salir en un balandro a dar un paseo (todo hace pensar en un asunto feo). Ese “tío”, como Eguía dice, no puede ser otro que Leandro, puesto que está enamorado de ella. Marola se queda algo impresionada pero no se atreve a contradecirle y se va de la taberna conteniendo un sollozo colérico. Juan, se encoge de hombros y se dirige hacia el café de enfrente de donde salen Verdier y Simpson. Les indica que el plan, aunque está reacia la muchacha ya está marchando. Aparece Leandro, con el que intercambian algunas palabras; simulan una retirada rápida para dejarlos solo y que pueda entrar en la taberna, no sin  que antes. Simpson, le dirija una indirecta por la que el joven se da cuenta que saben de su amor por la tabernera.

Dúo de Marola y Leandro “Todos lo saben…..Marinero vete a la mar”: (Leandro, Marola)

LEANDRO
¡Todos lo saben!
Es imposible disimular.
No hay más caminos:
ella en mis brazos,
o renunciar.
¡Renunciar no puede ser!
¡Es mi vida esa mujer!

(Da unas palmas y se sienta a la mesa. Sale Marola)

MAROLA
¿Qué quieres? ¿Qué te sirvo?

LEANDRO
(Dudando)
Marola, yo deseo…
Marola, yo quisiera…

(Decidiéndose)

una bebida tan rara
tan dulce y tan buena,
que alumbre los sueños
y aplaque las penas.

MAROLA
No sueñes marinero.

LEANDRO
Si no existieran tus ojos,
radiantes y bellos,
no habría en mi alma
ni penas ni sueños.

MAROLA
Tengo los ojos radiantes
porque los miras al sol.

LEANDRO
Verlos quisiera de noche,
que es el portal del amor.

MAROLA
Esa aventura es difícil.

LEANDRO
Amo la dificultad.

MAROLA
Una mujer no es arena
que echa a la playa la mar.

LEANDRO
Marola…No comprendes
¡Te quiero con toda el alma!
Y he de luchar por lograrte,
¡por verte en mis brazos!
con todos los vientos
que quieran en vano
tu amor apartar de mí.

MAROLA
No delires, soñador.

LEANDRO
Sé piadosa con mi amor.

MAROLA
Marinero, vete a la mar:
que la tierra es mundo traidor;
y las rosas de mi jardín
envenenan, ¡ay de mí!
con el olor.

LEANDRO
Marinero soy de la mar,
y en el puerto está lo mejor:
son los ojos de una mujer
que me hicieron, ¡ay de mí!
soñar de amor.

MAROLA
Vete a la mar, marinero.
Ya no lo debes dudar,
vete a la mar.

MAROLA y LEANDRO
Marinero, soy de la mar.

(Leandro ha estrechado entre las suyas las manos de Marola y se va corriendo, por donde aparecerá Abel. Marola queda un momento suspensa, y de su actitud la sacan las primeras palabras de Abel)
Abel, que ha observado el brillo alegre de los ojos de Leandro, no puede resistirse a tener una bella escena con Marola (ensimismada) en la cual le demuestra que la ama (el dialogo es muy fluido, en versos de metro corto al modo de coplas). Ante ello sorprendida, le recuerda a Abel que es un chiquillo. Este se va hacia el café y ella le sigue un momento.

(Pausa)


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(Vuelve Marola hacia la taberna, pero se encuentra rodeada de un gran grupo de mujeres, capitaneadas por Antigua y en son de motín)

Final del acto I “Aquí está la culpable….Si a tu marido tú le quieres agradar”: (Mujeres, Marola, Antigua, Juan, Abel, Leandro)

MUJERES
(Por Marola)
¡Aquí está la culpable!

MAROLA
¿De que tengo la culpa?

MUJERES
De jugar con los hombres
y volverlos tarumba.

MAROLA
Yo no juego ni gano,
yo no salgo ni entro.

MUJERES
Pero los emborrachas
y los tienes revueltos.

MAROLA
¿Yo revuelvo a los hombres?

MUJERES
Bien revueltos los tienes.

MAROLA
Si ellos vienen a casa,
¡ya sabrán a que vienen!
Si vosotras supierais
alegrarles la vida.

MUJERES
¡A que acaben borrachos
le llamáis alegría!

ANTIGUA
A Chinchorro, mi marido
que en mi casa no lo prueba,
lo mismito que a una cuba
le saque de la taberna.

MAROLA
Pero tú, que no te vimos
asomarte por mi casa,
has pescado una merluza
que parece un tiburón.

ANTIGUA
¡Cállate, perdición!
que te doy un coscorrón.

MUJERES
Porque tú, para hablar,
tienes mucho que callar.

MAROLA
Pues, entonces, hablaré.

MUJERES
¡Tienes mucho que callar!
¡Tienes mucho que callar!

MAROLA
Si vienen los hombres aquí,
vosotras la culpa tenéis;
que vais desgreñadas, oléis a sardinas,
y estáis achicadas en cuanto los veis.
Ninguno se puede alabar
de haber conseguido de mí
más que una sonrisa y un aire atrayente,
que es el aliciente que encuentran aquí.
Y no se devanen los sesos pensando que soy Lucifer.
Ser limpia y amable
es indispensable
en una mujer.

MUJERES
¡Y encima se burla!
¡No hay quien lo tolere!

MAROLA
A mí no me hiere
ni asusta una voz.

MUJERES
¡Los tiene atontados!
¡Los ha embrutecido!

MAROLA
Veréis como ha sido.
Tomad la lección.

MUJERES
Y encima tendremos
que oír sus lecciones.

ANTIGUA
Tendrá sus razones.

MAROLA
¡Más claras que el sol!

(Dirigiéndose a una de las mujeres jóvenes)

Si a tu marido
tú le quieres agradar,
en vez de hacerle ¡fu!
déjate acariciar.
Y si de paso hueles a flores,
esos olores le cautivarán.
Con una esposa como una rosa
el hombre contento está.

MUJERES
A lo que hueles tú
yo nunca puedo oler,
que esos perfumes son
armas de Lucifer.

MAROLA
No son del diablo,
como presumes,
que mis perfumes,
bien cristianos son,
agua del río
y un estropajo
¡y un cacho de jabón!

MUJERES
¡Cállate! ¡Cállate!
¡Mira que eso
no lo aguanto yo!

MAROLA
Yo, nada tengo que callarme.

MUJERES
¡Cállate! ¡Cállate!
¡Cállate, ladrona!
¡Cállate, cochina!

MAROLA
Lo que queréis es asustarme…
Mujeres ¡Cállate! ¡Cállate!

MAROLA
¿Por qué? ¿Por qué?

MUJERES
¡Que te vamos a zurrar!

(Hablado)

JUAN
(Saliendo por el foro izquierda)
Marola ¿qué pasa aquí?

ANTIGUA
Que les sorbe los sentidos
y nos roba los maridos.

MAROLA
¡No es verdad!

ANTIGUA
¡Juro que si!
Marola ¡Mentira!

ANTIGUA
Tú sí que mientes;
que eres de mala ralea.
Y no está mal que lo sea,
sino que tú lo consientes…

JUAN
(Cogiendo a Marola de un brazo y arrojándola al suelo, con violencia)
¡Marola! ¡Siempre serás la misma!

ABEL
(Reprimiendo un impulso de rebeldía)
¿Qué?

MAROLA
(Con indecible angustia, levantándose)
¡Por favor!...

JUAN
(Violento)
¡Calla y vete!

(A las mujeres)

¿Queréis más?

(Marola entra en su casa llorando)

ABEL
(Luchando consigo mismo)
¡Dame tu poder, Señor!

JUAN
Los maridos complacientes
no son hombres de mi casa.

ANTIGUA
A las hembras imprudentes,
con un trato así las basta.

JUAN
Ya podéis marcharos presto.

ANTIGUA
Ya nos vamos satisfechas.

(Inician un mutis por el foro izquierda)

JUAN
(A Abel)
Tú, ¿qué miras?

ABEL
Yo, ¡protesto!

JUAN
Tú galán, ¡a tus endechas!

(Mientras las mujeres acaban de salir, Abel se va mohíno. Cuando todos han desaparecido, Juan rompe en una burlona carcajada, extrae la pipa del bolsillo, la carga y enciende. Entre tanto, suena dentro, la voz de Leandro)

(Cantado)

LEANDRO
Marinero soy de la mar
y en el puerto está lo mejor;
son los ojos de una mujer,
que me hicieron, ¡ay de mí!,
soñar de amor.


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ACTO  SEGUNDO

Interior de la taberna. Los muros son de piedra renegrida. En el muro del fondo, hay un amplio ventanal y una  puerta; al través de ellos, se ve la arboladura de las embarcaciones fondeadas en la ría y al otro lado, el caserío, la iglesia, etc. Delante de la ventana, una fila de bancos al servicio de dos mesas rectangulares, separadas entre sí para dejar paso. En el muro de la izquierda, puerta de entrada y la ventana que jugaron en el acto primero. Entre los dos huecos, una mesa semejante a las del fondo. En el muro de la derecha, en primer término, puertecita de acceso a la vivienda; a continuación, anaqueles con frascos de vino, botellas de licores y servicio de loza y cristalería; delante de la anaquelería, el mostrador, y, ya casi al fondo, una puertecita que da a la cocina. En primer termino, a la derecha, separada de la puerta, una mesa cuadrada con taburetes alrededor. Es de día.
(En la taberna hay animación. Chinchorro, Fulgen, Senén y otros, ocupan la mesa adosada al lateral de la izquierda. En una de las mesas del fondo hay cuatro marineros negros de la escuadra americana. En las demás mesas y en el mostrador beben otros marineros, que pululan también de grupo en grupo. En la mesa de la derecha, Simpson)

Escena de la taberna “Eres blanca y hermosa… ¿Quieres tú cantar una canción? tabernera graciosa”: (Hombres, Simpson, Juan, Marola)

HOMBRES
Eres blanca y hermosa como tu madre;
morena salada como tu madre;
eres como la rama que al tronco sale,
morena salada.
Toda la noche estoy, niña, pensando en ti.
¡Cuánto sufro de amores desde que te vi!
Morena salada.

SIMPSON
¿Quieres tú cantar una canción?
Tabernera graciosa, canta, ¡canta!
¿Quieres alegrar mi corazón?
Tabernera graciosa, canta, ¡canta!
Canta una canción para achicar
a todo este orfeón.

JUAN
(Que sale por la derecha)
Buenas tardes, señores.

SIMPSON
Juan de Eguía, salud.

JUAN
Muy alegres estamos.

SIMPSON
Porque no estabas tú.
Ya se acabó la alegría.
Callad, callad,
porque el patrón
es un sauce llorón.

JUAN
¡Marola!

MAROLA
¿Qué quieres?

JUAN
Que cantes conmigo.

MAROLA
¿Qué cante?

JUAN
Pues, claro.

MAROLA
¿Qué voy a cantar?

JUAN
Tú sabes, Marola, canciones muy lindas,
que yo, en la guitarra sabré acompañar.

MAROLA
(Resignada)
Siempre será lo que tú digas.

SIMPSON
La tabernera va a cantar.


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(Forman grupo en el centro de la escena: Marola, sentada en una mesa; Juan de Eguía, a su lado en una silla, tocando una guitarra que ha sacado del interior de la vivienda; los demás, menos los marineros negros alrededor de las dos figuras, escuchando)

Romanza de Marola “En un país de fábula….Yo también soy un pájaro viejo”: (Marola)

MAROLA
En un país de fábula vivía un viejo artista,
que en una flauta mágica tenia su caudal.
Tan pobre era y tan  rústico, que el  mísero flautista
dormía en copas de árboles, por falta de un hogar.
Y los pájaros de la selva le venían a despertar.
Y los pájaros de la selva le venían a despertar.
Y el viejo flautista tocaba a su vez,
diciendo a los aires con gran altivez:
¡Ah! Yo también soy un pájaro viejo
que lleno de trinos el aire vernal.
Yo también he volado en la vida
sin rumbo y sin nido donde emparejar.
Vosotros cantáis endechas de amor.
Yo canto amarguras de mi corazón.
¡Ah!
Pero una noche trágica durmiose el triste abuelo
sobre el pomposo vértice de un árbol secular;
y, entre un fragor horrísono, cayo una luz del cielo
y el miserable músico durmió en la eternidad.
Ni los pájaros de la selva consiguiéronle despertar.
Ni los pájaros de la selva consiguiéronle despertar.
Las aves cantaron y el viento lloró;
el viento y las aves copiaban su voz,
¡Ah!

(Mientras que el coro repite a boca cerrada la melodía del estribillo de la canción, Marola imita el canto de las aves)


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Corta intervención hablada entre Chinchorro, Simpson y Juan para elogiar el canto de Marola.
Simpson, le tienta a Eguía para que cante también, aunque presume que será una canción torva y negra. Ante ello el dueño de la taberna responde con un canto alegre sobre las mujeres y sus encantos.

Romanza de Juan de Eguía “La mujer de los quince a los veinte….chíbiri chíbiri”: (Juan)

JUAN
La mujer, de los quince a los veinte,
es más dulce que un pirulí;
de los veinte a los treinta emborracha,
porque huele como el jazmín.
De los treinta a los treinta y cinco,
es sabroso licor de anís,
¡Las mujeres de quince y de veinte,
de treinta y cuarenta, me gustan a mí!
¡Chíbiri, chíbiri, chíbiri, chíbiri!...
La, la, la, la, la, la, la, la,…
Es la rubia cabello de ángel,
aunque el ángel sea Luzbel,
la morena rosquilla caliente
con almíbar de trigo y miel;
la trigueña es jalea pura;
la castaña marrón glacé;
y no siendo rubita o trigueña,
morena y castaña me gustan también.
¡Chíbiri, chíbiri, chíbiri, chíbiri!...
La, la, la, la, la, la, la, la,…
Siempre el amor…
Siempre el amor anda por el mundo
volando a nuestro alrededor,
y es la mujer cebo que nos brinda
tan peligroso pescador.
De sobra 
que la red tendida está
y que el amor me pescará.
Dulce es caer
en sus finas redes
si el rico cebo es la mujer.
de los veinte a los treinta emborracha,
porque huele como el jazmín.
De los treinta a los treinta y cinco,
es sabroso licor de anís,
¡Las mujeres de quince y de veinte,
de treinta y cuarenta, me gustan a mí!
¡Chíbiri, chíbiri, chíbiri, chíbiri!...
La, la, la, la, la, la, la, la,…


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En medio del jolgorio entra Ripalda presumiendo de tener almorzando a lo oficiales principales de lo marinos americanos y pide si le pueden prestar un cubierto. Chinchorro, mientras juega al dominó, se permite hacer unos comentarios a Valeriano, sargento de carabineros. Que ha aparecido por la ventana del fondo. Simpson advierte a Juan del mal término que parece correr el plan que hicieron, pues las palabras de Chinchorro hacia Valeriano (“…me huelo que estos días…hay marea”) hacen levantar sospechas. Juan de Eguía le tranquiliza:”…hablan por hablar”. A pesar de ello, Simpson le manifiesta querer  librar el pellejo como ya lo ha hecho Verdier. Juan se levanta y se va, advirtiéndole que le responde con su vida si no calla. Llega Abel asomándose por la ventana del fondo y cuenta a lo marineros que Eguía ha maltratado a Marola ante las mujeres del lugar, a pesar de la negativa de la tabernera. Los hombres se indignan y Chinchorro en un gesto cómico, se sube a un taburete en actitud de dar un mitin: propone buscar a Leandro para que sea el paladín que lo conduzca a dar una lección al malvado dueño de la taberna. Todos salen al grito de “¡Muera Juan!”. En escena quedarán Simpson y unos marineros negros semiadormilados. Marola hace mutis por la puertecita del mostrador con gesto angustiado.

(Simpson se acerca al grupo de los negros y canta)

Romanza de Simpson “Despierta, negro, que viene el blanco….La luna es blanca muy blanca”: (Simpson)

SIMPSON
Despierta, negro, que viene el blanco.
Desde el navío te está mirando.
Son dos cucuyos sus ojos claros;
no son luceros que van de paso.
El blanco tiene la nave al pairo y está despierto
como un alano.
La luna es blanca, muy blanca.
La noche es negra, muy negra.
El negro, drumi que drumi,
y el blanco, vela que vela.
Noche, que sale la luna.
Negro, despierta ¡despierta!

(Los marineros, poco a poco, ha ido despertando fijando su inexpresiva mirada en Simpson)

Ya sabes, negro, cómo es el blanco:
se finge ecobio, te sube el santo,
collares cambia por nenes guapos,
y al otro día te lleva al barco,
te soba el cuero, te quita el mando,
te da la pega, ¡y engorda el amo!
La luna es blanca, muy blanca.
La noche es negra, muy negra.
El negro, drumi que drumi,
y el blanco, vela que vela.

(Nuevamente los negros han ido quedando adormilados)

Noche, que sale la luna.
Negro, despierta, ¡despierta! ¡Ah!


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Aparece en una ventana un oficial del crucero. Toca un pito, los marineros se ponen en pie, como movidos por un resorte, y hacen mutis por la izquierda, marcando el paso militar.
Simpson hace la acción de pegar. Entra Leandro por el fondo.
En esta escena, Simpson, que siente cierto aprecio por el apuesto pescador, le previene de todo lo que contra él se proyecta: Eguía está utilizando a Marola como cebo para que le seduzca a hacer un transporte de cocaína, a cambio de nada o de ir a presidio si todo va mal.
Leandro, loco de amor, no puede creer al ingles, quien, finalmente, se marcha dejando a
Leandro pensativo.

Romanza de Leandro “¡No puede ser!….los ojos que lloran no saben mentir”

LEANDRO
¡No puede ser! Esa mujer es buena.
¡No puede ser una mujer malvada!
En su mirar, como una luz singular,
he visto que esa mujer es una desventurada.
No puede ser una vulgar sirena
que envenenó las horas de mi vida.
¡No puede ser! Porque la vi rezar,
porque la vi querer, ¡porque la vi llorar!
Los ojos que lloran no saben mentir.
Las malas mujeres no miran así.
Temblando en sus ojos dos lágrimas vi,
¡y a mí me ilusionan que tiemblen por mí!
¡Qué tiemblen por mí!
¡Viva luz de mi ilusión!
¡Sé piadosa con mi amor!
Porque no sé fingir,
porque no sé callar,
¡Porque no sé vivir!


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Sale Marola y se encuentra con Leandro que vuelve a expresar su querer hacia ella (la abraza).
Como ya está en antecedentes (por Simpson) se ofrece para que le pida lo que quiera, pues por ella cometerá un delito si es preciso. Marola rechaza la propuesta y le confiesa su reciproco amor. En esto aparece Antigua; Marola va hacia el mostrador, donde empieza a arreglar el orden de los cacharros. La vieja patrona de Leandro ve con muy buenos ojos la actitud del pescador frente a la tabernera y aprueba que la mime para que los matrimonios vivan en paz y los maridos no se distraigan con ella. Después le comenta el momento en que Juan de Eguía pegó a Marola delante de las mujeres. Antigua, que ha dejado el ambiente caldeado, se marcha; mientras, el joven marinero, excitado, habla de ahogar a Juan. Marola lo retiene.
Pregunta entonces, Leandro, como cayo en manos de ese “ogro” y como llegó hasta ahí.

La tabernera comienza su raconto:

Raconto de Marola, recitado “Yo soy de un puerto lejano”: (Marola)

(Recitado)

MAROLA
Yo soy de un puerto lejano donde el amor es un torvo
contubernio de mujeres que ponen precio al tesoro
de sus caricias, y de hombres que las buscan, al retorno
de sus cruceros tan largos, que el olvido es fruto propio.
Y allí nací de mi madre y de un marino bisoño.
Crecí tirada en el muelle, como un pájaro gallofo
de esos que apenas consiguen lo que les sobra a los otros
pero que cantan, no sé
si de alegres o de tontos.
De tarde en tarde, venía
al puerto un velero corso
y el capitán me buscaba
y, en hallando mi acomodo,
ponía un beso en mi mano,
me daba unos luises de oro,
y, a navegar, días, meses,
¡años tal vez!
¡Siempre hosco, siempre callado, hasta un día
que volvió…¡tan cariñoso!
Había muerto mi madre…
en un hospital…El logro de aquella vida tan triste
era un fin tan desastroso.
Y el marinero me llevó
con él a un puerto y a otro
hasta varar en el tuyo,
y aquí estamos
y eso es todo.

LEANDRO
¿Es tu marido?

MAROLA
(Pausa)
¡Es mi padre!
Yo, Leandro, le perdono.
Tú callarás…si me quieres, como yo a ti…

LEANDRO
Soy dichoso.


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Leandro se indica que está dispuesto a retirar el fardo de cocaína para arrojarlo al mar, ya que es un testigo engorroso y hay que deshacerse de ello. Marola entonces, le ruega a su enamorado que la lleve con él. Los dos jóvenes reafirman en su amor. A continuación mutis por el fondo de Leandro y Marola por la derecha.
Entra en la taberna Ripalda, que viene a devolver el cubierto prestado. Instantes después lega Abel sorprendiéndose de que el competidor de enfrente se digne a pisar la taberna. Se desarrollará un divertido diálogo entorno a la revalidad entre ambos por las atenciones de la bella tabernera. La entrada en escena de Marola desemboca en un gracioso trío que sirve para distraer del dramático argumento.

Terceto cómico “Marola resuena en el oído”: (Abel, Ripalda, Marola)

ABEL
Marola resuena en el oído
como una caracola
que tiene dentro el mar.

RIPALDA
Marola por fin me ha convencido.
me explico su aureola
brillante y popular.

MAROLA
Marola jamás les dio motivos
para esos adjetivos
que escucha por doquier.
Si tiene su casa nombre y fama,
será que sirve el ama de beber.

RIPALDA
En la mía sirve el amo
y no van ni con reclamo.

ABEL
En la tuya lo que ocurre
es que el público se aburre.

MAROLA
Pues cualquiera pensaría
que hay conciertos en la mía.

ABEL
No hay orquesta ni gramola
porque basta con Marola.

RIPALDA
Si fuera soltera,
podría Marola
ser la cafetera de El Vapor.

ABEL
Sí fuera soltera,
sería Marola
dulce carcelera de mi amor.

RIPALDA
(A Abel)
Macaco.

ABEL
(A Ripalda)
Bellaco.

RIPALDA
Pobrete.

ABEL
Zoquete.

RIPALDA
¡Mocoso!

ABEL
¡Baboso!

RIPALDA
¡Cretino!

ABEL
¡Pingüino!

RIPALDA
¡Vamos a jugarla a cara o cruz!

MAROLA
(Separándose)
Marola no es una lotería
que sale en una bola premiada o sin premiar.
Marola su gusto escogería
si fuese libre y sola y hubiera de opinar.

ABEL y RIPALDA
Marola: si un día te decides,
te pido que no olvides que estamos a tus pies.

MAROLA
Si un día de hacerlo no me asusto,
tendrá que ser a gusto de los tres.

RIPALD
¡Bonita!

ABEL
¡Salada!

RIPALDA
¡Rosita!

ABEL
¡Monada!

MAROLA
¡Eso es derrochar el buen humor!

RIPALDA
¡Gitana!

ABEL
¡Graciosa!

RIPALDA
¡Barbiana!

ABEL
¡Preciosa!

MAROLA
¡Van a enrojecerme de rubor!

RIPALDA
(A Abel, como antes)
Macaco.

ABEL
(A Ripalda)
Bellaco.

RIPALDA
Pobrete

ABEL
Zoquete

RIPALDA
¡Mocoso!

ABEL
¡Baboso!

RIPALDA
¡Cretino!

ABEL
¡Pingüino!

MAROLA
(Señalando a cada uno, una de las puertas que comunican con el exterior)
¡Sálganse a la calle, por favor!

RIPALDA y ABEL
Marola merece la aureola
que tiene en Cantabreda
su hechizo singular.

MAROLA
Marola no sabe a que obedece
que cada día crece su fama popular.
Marola jamás les dio motivos
para esos adjetivos que escucha por doquier.

MAROLA, RIPALDA y ABEL
Si tiene su casa nombre y fama,
será que sirve el ama de beber.

(Hacen mutis: Marola por la derecha, Abel por el fondo y Ripalda por la izquierda)


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Aparece Juan y llama a Marola. Hay un tenso dialogo entre ambos. Ella, le indica que los pescadores le buscan y quieren matarle por el mal trato que la dio. Le ruega que se marche del lugar. Él se ríe y responde que no es un cobarde, además lo de humillarla fue una comedia, pero se alegra de saber que si él falta tenga tan buenos defensores. Luego le interroga si ha visto a Leandro. Ella no se atreve a decirle lo que ha fraguado y niega haberse entrevistado con éste porque no quiere meterle en el sucio negocio. Sin embargo, su padre, insistirá en los motivos por los que quiere conseguir el contrabando.

Final del acto II “Yo no te comprendo, ¿qué es lo que pretendes? padre…..¡Marola! ¡Marola! Esta dama remolona va a tenerme que escuchar”: Marola, Juan, Marineros, Leandro, Abel, Simpson)

MAROLA
¡Padre, deja que te bese!
Deja que te bese, padre.

JUAN
En mi vida aventurera he perdido mil caudales.
¡Ayúdame tú a ganar el último!

MAROLA
¡Cállate!

JUAN
¡Sálvame!

MAROLA
Un caudal así ganado, ¿Para que lo quieres, padre?

JUAN
para vivir a la orilla de tu cariño inefable
y envejecer a la sombra de tus caricias filiales;
para  morirme tranquilo de que mañana, por hambre,
¡no te consiga un pirata, como logré yo a tu madre!

MAROLA
Yo, tantas veces sumisa, no puedo hablar a Leandro
de una aventura arriesgada cuyo ideal no es honrado;
porque no quiero perderle, porque le pierdo y no vivo,
¡porque me quiere y le quiero como jamás he querido!

(Hablado)

JUAN
Si ya lo sabía.

MAROLA
¿Por eso quisiste que yo le buscara?

JUAN
Por eso, Marola.

MAROLA
¡Que infamia!

(Marola, despacio, se va por el fondo derecha. Juan la ve marchar y, luego, se va también. Irrumpen los marineros rodeando a Leandro, Chinchorro, Fulgencio y Senén)

(Cantado)

MARINEROS
No se puede consentir.
¡Ese es un pirata!
Tú lo debes comprender.

LEANDRO
¡No me deis la lata!

MARINEROS
Sin piedad la maltrató.

LEANDRO
Puede ser un cuento.

MARINEROS
Por el suelo la tiró.

LEANDRO
¡Eso es un invento!

MARINEROS
No es una impostura; lo ha contado Abel.

LEANDRO
Esa criatura cumple su papel.
Es un romancero de imaginación.

MARINEROS
Esta vez infiero que tiene razón.

(Por Abel, que entra)

¡Aquí está! ¡Míralo!
¡Ven aquí! ¡Cuéntalo!

LEANDRO
(A Abel)
Cuéntalo…

ABEL
Las mujeres llegaron
y a Marola acusaron
de encender en vuestros ojos
llamaradas de pasión.
Lo escuchó Juan de Eguía
y en presencia de todos,
con modales descompuestos
a Marola maltrató.
la tiró por el suelo,
la pegó sin clemencia,
y Marola llorando,
le pedía perdón.

LEANDRO
¡Basta!
De él me encargo yo.
Pero, ¡A ver si os sentáis
y con él me dejáis!

SIMPSON
(Que llega de la calle)
Siempre llego en buena hora
¡y aquí estoy yo, a ver qué pasa!

(Dando unas palmadas)

¿Quién convida, caballeros?
¿No hay quién sirva en esta casa?

(Sale Juan de Eguía)

JUAN
¡Marola! ¡Marola!
Esta dama remolona va a tenerme que escuchar.

LEANDRO
(Enérgico)
Cuidadito, Juan de Eguía, ¡no la vayas a pegar!

JUAN
¿Qué te importa a ti, muchacho, si la pego o no la pego?

LEANDRO
¡Quien la pegue o la maltrate, se verá conmigo luego!

JUAN
No me vengas con desplantes.

SIMPSON
¡Humos de la mocedad!

JUAN
Me dan ganas de zurrarla para ver si eso es verdad.

LEANDRO
¿Cuál es tu derecho para maltratarla?

JUAN
¿Cuál es, pues, el tuyo para defenderla?

LEANDRO
¡La quiero! ¡Si! ¡La quiero!

JUAN
Estamos en mi casa dos hombres frente a frente.
No creo que esos vengan contigo a defenderte.

LEANDRO
¡Marchaos y dejadme!

JUAN
(Aparte)
El hombre es un valiente.

LEANDRO
¡Fuera!

MARINEROS
¡Vamos!

SIMPSON
(A Leandro)
¡Calla!

LEANDRO
¡Vete!

(Se retira el coro por la puerta de la calle, con Abel, Simpson y Chinchorro. Quedan solos Juan de Eguía y Leandro)

JUAN
Yo no soy un cobarde.

LEANDRO
Ya lo sé Juan de Eguía.

JUAN
Pero estoy esta tarde
que ni yo me comprendo.
Yo en cuestión de mujeres,
soy un poco corsario,
y la logras si quieres,
porque yo te la vendo.

LEANDRO
(Aparte)
Si supieras Juan de Eguía,
que yo se que no es tu amante.

JUAN
(Aparte)
Eso no lo esperaría
de este joven mareante.

LEANDRO
Si el precio me conviene,
¡yo compro a esa mujer!

JUAN
El precio de la venta
lo vas a conocer.

(Con mucho misterio)

Si sale tu barca
de noche a la mar,
y en ella, tú solo,
me vas a buscar
un fardo en un punto
que yo te diré,
¡delante de todos
te la entregaré!.

LEANDRO
¿Delante de todos?

JUAN
¡Palabra de honor!

LEANDRO
Pues, esta es mi mano.

JUAN
Muchacho: valor.

(Se estrechan las manos)

JUAN
(Llamando)
¡Marola!

LEANDRO
¿Qué quieres?

JUAN
Que cumpla con su obligación.

MAROLA
(Saliendo)
¿Me llamabas?

JUAN
Patrona, dos copas de ron.

(Marola, con aire inexpresivo, mira a lo dos hombres y luego les sirve, temerosa de preguntar qué ocurre. Entre tanto, se asoma Chinchorro por uno de los ventanales del fondo, buscando un charco de sangre, que no ve. Levanta los ojos y halla a los  dos rivales sentados ante la mesa cuadrada, con cara de compadres, y hace un cómico gesto de asombro, que coincide con el de otros marineros que se asoman también. Simpson entra cautelosamente)

MARINEROS
¡Quien había de pensar
que se entenderían!
Algo debe aquí pasar
cuando se confían.

SIMPSON
(Aparte)
Este granuja le conquistó;
pero no sabe que aquí estoy yo.

(Irrumpe Abel, cortando en seco la orquesta, que, luego, subraya suavemente la situación hasta el final)

ABEL
(Rompiendo a llorar)
Soy un muñeco.
¡No me hacen caso!
Marola acude a consolarlo y cae el telón.


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ACTO TERCERO

Cuadro primero

En el mar navega una barca de vela, que gobierna Leandro. Le acompaña Marola. Es de noche.

Dúo de Marola y Leandro “¿No escuchas un grito que suena lejano?....Por el ancho mar en la noche”: (Marola, Leandro)

MAROLA
¿No escuchas un gritó
que suena lejano?

LEANDRO
Son rachas de viento que vienen volando.

MAROLA
¿No ves que no brillan luceros ni estrellas?

LEANDRO
Será que murieron
de envidia y de pena.

MAROLA
De vagos temores el alma se llena.

LEANDRO
Si estas a mi lado,
no sufras ni temas.

MAROLA
¿Qué miedo me puede asaltar
si estoy a tu lado y a ti me confío!.

LEANDRO
No temas al viento y al mar,
porque hace ya tiempo que son mis amigos.

MAROLA
Me das confianza.

LEANDRO
La vida te diera.

MAROLA
¡Ay, mi marinero!

LEANDRO
¡Ay, mi tabernera!

LEANDRO y MAROLA
Por el ancho mar, en la noche
suena mi canción. En mi corazón
canta la juventud; y en mi juventud
canta el amor, canta el amor.

(Surge de pronto, la galerna. El resplandor de un relámpago ilumina los rostros de los  enamorados)

MAROLA
(Asustada)
¡Dios mío! ¡Leandro!

LEANDRO
¡Maldito sea el huracán!

MAROLA
(Abrazándose a Leandro)
¡Un rayo! Brotó del fondo de la mar.

LEANDRO
(Pugnando por desasirse de ella)
¿No ves que vamos a volcar?

MAROLA
(Cayendo de rodillas)
¡Oh, santo Dios! ¡Virgen mía!

LEANDRO
(Arriando la vela, semidestrozada por el viento)
¡La he de salvar! ¡Es mi vida!

MAROLA
¡Leandro, ven!

LEANDRO
Calma, mujer.

(Se hace oscuro y la orquesta subraya el ritmo y la sonoridad de la galerna, hasta que va cediendo el temporal y aparece triunfante la estrofa de amor, como si amaneciera un día claro. Se ha hecho entre tanto la mutación y comienza el cuadro segundo)


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Cuadro segundo

Estamos en el mismo escenario del acto primero. La taberna aparece con la puerta cerrada y la ventana abierta. En el muelle, los grupos de marineros dan la impresión de aburrimiento y nostalgia: las manos en los bolsillos; las espaldeas apoyadas en las paredes, o en el pretil de la ría. Los que se hallan sentados en el suelo son hombres al agua. Abel, sentado a la puerta del café, toca tristemente su acordeón y canta. Los hombres, a boca cerrada, corean o armonizan su romance.

Recitado “En la taberna del puerto desde que no hay tabernera” y canción de Abel “¡Ay que me muero por unos ojos!: (Abel)

(Recitado)

ABEL
En la taberna del puerto, desde que no hay tabernera,
los marineros asoman y no hay cuidado que beban.
En la taberna del puerto, los vinos saben a ausencia,
las horas huelen a envidia, los hombres…si los hubiera,
maldecirían la noche de un sábado de galerna
que un marinero corsario se llevó a la tabernera.

(Cantado)

¡Ay, que me muero por unos ojos!
¡Ay, que me muero de amores locos!
¡Ay, que me mire aunque me muera!
¡Ay, que me mire la tabernera!


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(Por el fondo derecha sale un grupo de mujeres con mantillas unas y pañuelos otras, para dirigirse a la iglesia. Se unen los hombres y las mujeres y, mientras Abel repite su estribillo, los matrimonios se van coreando a boca cerrada)

Salen por la derecha del fondo, Chinchorro, Fulgen y Senén. Los tres comentan con Abel el hecho extraordinario de que Marola saliera con Leandro en la barca, imaginando ellos que así intentaban burlar a Juan de Eguía. El suceso de haber estallado el terrible temporal les hace pensar que la joven pareja yace en el fondo del mar. Vase Abel y al rato sale Ripalda, repasando unos papeles que lleva en la mano. Los tres marineros establecen una jocosa conversación con el dueño del “Café del Vapor”, que toda su obsesión es que la gente se entere de: “aunque los de enfrente cierren, su establecimiento se quede como lo mejor de Cantabreda”. Al irse Ripalda sale Antigua, con ciertas dosis de alcohol en el cuerpo, y les indica que ha encontrado un sitio cercano donde beber todo tipo de licores. Chinchorro y sus acólitos tentados por la buena nueva se ponen en marcha, pero les retiene, de repente, un movimiento de gente que entra en escena.

(Aparece Juan de Eguía por el fondo derecha. Viene decaído pálido con la mirada perdida. Le siguen hombres y mujeres, que le miran intrigados y no se atreven a acercarse a él, con supersticioso temor Juan se dirige en silencio a la puerta de la taberna y la abre. Antes de entrar retrocede, como si viera un fantasma)

Romanza de Juan de Eguía “¡No! No te acerques”: (Juan, Hombres, Mujeres)

JUAN
¡No! ¡No! ¡No!
No te acerques;
No me persigas.
¡Apártate! ¡Perdona!
No me acuses. ¡No me maldigas!
Perdóname, Marola.

(Al pueblo)

Mujeres: miradme,
huidme, ¡matadme!
O, al menos, prestadme
los ojos para llorar.
Mis ojos de hiena
no lloran de pena
con tanta ternura,
ni tienen vuestro mirar.
¡Era Marola hija mía!

HOMBRES y MUJERES
¡Su hija! ¡Quien lo pudo pensar!

JUAN
Los ojos de Juan de Eguía
ya saben lo que es llorar.

(Con mucha emoción)

Vosotros, marineros,
¿sabéis en donde está?
No me guardéis rencor.
Mis culpas perdonad.
Yo he sido un hombre infame, un padre envilecido.
Y hoy sé cuánto la quiero después que la he perdido.

(Abrazando a un marinero)

¿Tú sabes, marinero, en donde acaso está?

(Desesperado)

¡Marola! ¡Marola! ¡Marola!
¡Piedad! ¡Piedad! ¡Piedad!

(Entra en la taberna, como persiguiendo una sombra)

El pueblo comenta horrorizado que Marola es hija de Juan de Eguía. Pero la voz de Simpson anuncia la llegada de marola y Leandro detenidos por los carabineros. El ex marinero inglés les relata el motivo por el que los enamorados se marcharon juntos a retirar la canasta de contrabando, que era el esfuerzo exigido por Juan de Eguía a Leandro para entregarle a su hija. Añade a esto la narración de cómo se ha salvado la pareja de la furiosa galerna: Pudieron llegar a los escollos de una cueva con el alijo de drogas y allí fueron hallados por la mañana, acusándoles del delito. El grito de “Juan de Eguía es culpable”, surge de todas las gargantas.


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(Entre el silencio de la gente, interrumpido por algunos comentarios sueltos, van apareciendo por el fondo derecha, primero un grupo de hombres y mujeres, que se unen a los de la escena; luego un marinero de la Ayudantía del Puerto, detrás, Marola y Leandro, y por último, Valeriano y otro carabinero)

Final “¡Son ellos! era verdad….Yo sólo fui culpable…..Ripalda, ¡ya voy creyendo que hay Dios!: (Hombres, Mujeres, Simpson, Leandro, Juan, Marola)

HOMBRES y MUJERES
¡Son ellos! Era verdad.
¡Salvados! ¡Aquí están!

SIMPSON
(Se adelanta a su encuentro y abraza a Leandro)
¡Muchacho! La perdición
ese hombre te buscó.

LEANDRO
Nada se pierde en la vida
cuando se encuentra un amor.

(Sale Juan de Eguía de la taberna)

JUAN
¡No! ¡No!

(Se abraza a Marola frenéticamente)

¡Perdóname; Marola!

MAROLA
¡Padre mío!

JUAN
(A los carabineros)
Yo sólo fui culpable.
¡Tratadme sin piedad!

(A Marola y Leandro)

No me guardéis rencor.
¡Mis culpas perdonad!
Yo he sido un hombre infame,
un padre envilecido.
Y hoy sé cuanto te quiero…
¡después que te he perdido!

(Estrecha las manos de Marola, que une a las de Leandro. Los carabineros le apartan de los jóvenes y parten con Juan de Eguía. Marola quiere seguirle pare Leandro la retiene en sus brazos. La gente, curiosa, hace una evolución para ver marchar al detenido y algunos lo siguen. Ripalda aparece por el fondo izquierda, cruzándose con Juan. Simpson se dirige al cafetero)

(Recitado)

SIMPSON
¡Guísame una purrusalda!
Ripalda ¿Para quién?

SIMPSON
Para los dos.

RIPALDA
Pues ¿Qué sucede?

SIMPSON
Ripalda ¡ya voy creyendo que hay Dios!

(Leandro conduce a Marola a la taberna, en la que entran ambos. Abel, sentado en el pretil del muelle, les ve pasar con desilusión. Toma el acordeón en las manos, lo besa y lo arroja a la ría. Simpson se sienta a la mesa de la puerta del café, y entre tanto, va lentamente cayendo el telón)





FIN


Información obtenida en la Página Web http://lazarzuela.webcindario.com/

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