sábado, 30 de agosto de 2014

Las Hilanderas (Libreto)



LAS HILANDERAS



Zarzuela en un acto y tres cuadros.
 
Libreto de Federico Oliver.
 
Música de José Serrano.

Estrenada el 3 de Diciembre de 1927 en el Teatro Eldorado de Barcelona y en el Teatro Fontalba la noche del 15 de Febrero de 1929.


REPARTO (Estreno)

La Condesa Angélica - Blanca Asorey.

Catalina / Susana – Carmen Maíquez.

Belisa - Juanita Amorós.

Silvia - Angelíta Velasco.

Don Leandro de Valor - Tino Folgar.

El capitán Fabricio - Alejandro Bravo.

Farello - Luis Moreno.

El Gran Duque de Toscana - Carlos Oller.

Bertoldo - Alejo Cano.

Bertuccio - Francisco Furió.

Basanio - José Caballero.

Valerio - Ramón Silvestre.
           
Jacinto - Antonio Latorre.

Floro - Aurelio Toyana.

Soldados, pajes, hombres de armas y gente del pueblo.


Acción: Italia, 1796.

Derecha e izquierda, las del actor.


ACTO UNICO


CUADRO PRIMERO

La escena representa el interior del mesón de “La Cigüeña Azul", en las cercanías de  Liorna. A la izquierda, mostrador. A la derecha, escalera que conduce a los alojamientos. En el centro, portalada, que descubre un extenso corral, donde hay un emparrado.


ESCENA PRIMERA

Bertoldo, en el emparrado con unos cuantos compañeros de orgía. Floro, que viene cargado de equipajes. Maese Bertuccio, que va y viene.

BERTOLDO
(A gritos, dentro) — ¡Maese Bertuccio! ¡Maese Bertuccio! ¡Señor hostelero!

FLORO
(Entrando) ¡Ha de la casa!

BERTUCCIO
(Saliendo de la cocina con mandil y gorro) ¡Ah, verdugos! ¡Ah, despiadados verdugos de mi indefensa volatería! ¿Queréis más, tragones insaciables?

FLORO
¡Oiga, buen hombre!

BERTUCCIO
(A Bertoldo y comparsas, que asoman por el emparrado) — ¿Qué queréis? ¡Decidlo! (Alboroto)

BERTOLDO
(Saliendo) — ¿Cómo que qué queremos? ¡Queremos empezar a comer!...

BERTUCCIO
¿Empezar? Pues qué; ¿hacéis otra cosa que devorar mis provisiones desde hace tres días? ¡Empezar!... ¿Tenéis valor de decir que empezar?

BERTOLDO
Digo empezar, porque tanto tardáis de plato a plato, que de uno a otro queda la digestión rematada y abierto nuevo apetito para nuevo aditamento. Y si no, decidme: ¿Qué hicisteis de la pierna de ternero que os tengo encargada?

BERTUCCIO
¿La pierna de ternero? ¡Por la Madonna, señor Bertoldo, que me dejáis con las patas colgando!

BERTOLDO
¿Cómo, cómo?

FLORO
(Impaciente) — ¡Oiga, buen hombre!

BERTUCCIO
La pierna de ternero la encargasteis para vuestro señor, el capitán don Fabricio.

BERTOLDO
(Esgrimiendo, furioso, cuchillo y tenedor) — ¡Para él, y para mí, y para los ilustres amigos que esperan, hambrientos, bajo aquel emparrado! ¿Qué creísteis, sórdido avariento? ¡Que la pierna de ternero era para mi señor don Fabricio! ¿Y qué tienen que ver mis piernas con las de mi señor don Fabricio? ¡Que vuestras patas quedáronse colgando! ¡Mirad que una de las mías no quede empotrada con fuerza de catapulta en la parte inferior convexa de vuestra abominable persona! ¡Venga, pues, la pata o la pierna si no queréis quedaros sin orejas, seor ladrón de más de la marca! (A Floro) Con diplomacia hay que tratar a estos bergantes, señor forastero. (Vuelve al emparrado, donde es recibido con aplausos)

BERTUCCIO
¡Estos son los soldados de nuestro señor el Gran Duque! ¡Cómo serán los del corso Bonaparte!

FLORO
Decidme, por vida mía, señor hostelero: ¿no es ésta la posada de "La cigüeña azul”?

BERTUCCIO
¡Otro que tal baila! ¿No visteis pintada la cigüeña en la fachada de la casa?

FLORO
Antes parece urraca viuda y menesterosa. ¿Por qué no pusisteis debajo?: "Esta es sigüeña"; porqué tal como está no la reconociera la mesma madre que la parió.

BERTUCCIO
¡Sabed, señor iletrado, que las aves vienen al mundo por cascarón, y no por abultamiento abdominal.

FLORO
Sabed, señor mesonero, que no está el horno para bollos, y que voy a emplear con vos aquella diplomacia que poco ha vuestro huésped me encarecía.

BERTUCCIO
¿Con ínfulas venís?

FLORO
Con estas boletas vengo; despachaos a servirme.

BERTUCCIO
(Leyendo) — "Boletas de alojamiento para; el egregio capitán español don Leandro de Valor y su criado Floro, ambos al servicio de su Alteza Femando III, Gran Duque de Toscana."

FLORO
Enseñadme, pues, cuáles son las piezas que nos tenéis destinadas.

BERTUCCIO
Venid conmigo y decidme entretanto: ¿Trae vuestro amo apetito? (Hacen mutis por la escalera)


ESCENA II

El Capitán Fabricio, Basanio, Jacinto y Valerio; todos oficiales del ejército del Gran Duque.

VALERIO
(Por una mesa que está servida en la izquierda del escenario) — Esta es la mesa que nos tiene preparada maese Bertuccio.

FABRICIO
Y si no es ésta, nosotros la allanamos con el fuero de nuestra espada!

JACINTO
¡Viva el amor!

BASANIO
¡Viva la vida!

VALERIO
¡Viva la mujer!

FABRICIO
Viva la guerra; que en la guerra, camaradas, en complicidad con la muerte, podemos cazar el amor como se caza el tigre en la selva! ¡No hay mujer que resista al soldado, rojo de pasión y negro de pólvora!

TODOS
¡Bravo, bravo!

FABRICIO
¡Y no hay mujer que no satisfaga nuestras ansias, que el hombre dé guerra no es melindroso! ¡En un castillo, gran trofeo son las princesas; en un mesón, ricos bocados son las fregonas! ¡Doquiera que sea, la mujer tiene algo suyo, peculiar y distinto que nos arrebata y cautiva!

JACINTO
¡Viva el amor!

VALERIO
¡Viva el capitán Fabricio!

BASANIO
¡Pero, voto a tal, amigos! ¿Dónde está ese belitre de posadero?

TODOS
(Llamando) — ¡Maese Bertuccio! ¡Maese Bertuccio!

FABRICIO
¿Qué maese Bertuccio ni qué ocho cuartos? ¡En el mesón, las fregonas! ¡Catalina! ¡Catalina!

TODOS
¡Catalinaaa!...

FABRICIO
¡La de la pierna morena, la de cadera divina!

TODOS
¡Catalinaaa!... (Sale Catalina muy remangada de brazo y de zagalejo. Algazara)


ESCENA III

Dichos y Catalina.

CATALINA
¿Qué queréis, señores míos?

FABRICIO
¡Vino en jarras, y amor en jarras! (Intenta abrazarla)

CATALINA
¡Arre allá, señor capitán ; que tanto va el cántaro a la fuente!...

BASANIO
¡Miren la remilgada!

FABRICIO
¡Déjala en su salsa, Basanio! (Catalina les sirve vino defendiéndose como puede)

VALERIO
¡Sopapos a cambio de pellizcos!

FABRICIO
¡Escenas de bodegón;
Maritornes de cuartel,
con zumo de moscatel
y besos de mojicón!

(Ríen estrepitosamente y beben)

CATALINA
¡Cuando los hombres se ponen de tal guisa no hay diferencia entre amos y criados!

FABRICIO
¡Eres guapa y das los goces del amor bestia y rural; y sacudes cuatro coces como cosa natural!

CATALINA
¡Manos quedas y cepos quedos, que al que me busque el bulto he de ponerle los morros a la bretona!

VALERIO
"Puesto que lo reconoces,
y no lo lleváis a mal;
dame, entre besos y coces,
tu amor puro y animal."

CATALINA
(Dándole una bofetada) — ¡Tomad de aperitivo esa galleta!

VALERIO
¡Arisca eres! (Risas, algazara)

CATALINA
¡Tal me hizo mi madre, y no parche de tamboril!

JACINTO
¡Es una Lucrecia de mesón!

BERTOLDO
(Desde el emparrado) — ¡Catalina, Catalina!

FABRICIO
“¡La de la pierna morena,
la de cadera divina!"


ESCENA IV

Dichos y Farello, viejo judío, que viene con su mercancía.

FARELLO
¡Salud, egregios capitanes!

FABRICIO
(A Basanio) — ¿Quién es este viejo?

BASANIO
Un judío, vendedor de gargantillas, sortijas y amuletos.

FARELLO
Amuletos contra el mal de ojo, gargantillas de corales, que tanto resaltan sobre la piel nacarada de la niña que espera, juntamente con el tributo del amor, una liberalidad de la bolsa: que si el amor es carne rosada, el oro es llama con que se logra el rendimiento del alma, animadora de la carne.

FABRICIO
¡Miren, el viejo, con qué suavidad persuasiva pretende colocarnos su mercancía!

FARELLO
La persuasión de los débiles, señor capitán, que tiene la fuerza en la palabra...

FABRICIO
...engañosa.

FARELLO
No hay palabra que no lo sea, que tal es el disfraz con que se viste el pensamiento.

FABRICIO
¿Cuál es tu oficio?

FARELLO
La orfebrería; señor.

FABRICIO
¿Cómo te llamas?

FARELLO
Farello.

BASANIO
(Supersticioso) — ¡Lagarto, lagarto!

VALERIO
(Lo mismo) — ¡Vade retro!

FABRICIO
¿Eres tú Farello el brujo?

FARELLO
Tal es la opinión en que el vulgo me tiene por mis aficiones a la alquimia y mis consultas a las estrellas.

FABRICIO
Dicen que eres el mismo conde Gagliostro, que vaga errante por estos andurriales.

FARELLO
Mirad, señor, que yo no nací conde; aunque tengo a Gagliostro por un gran iniciado en ocultismo y magia.

FABRICIO
Dicen que vives...

FARELLO
En un humilde chiscón, señor capitán, donde tengo filtros, retortas, crisoles, cubetas de Mesmer y otras rarezas divinas y endiabladas. Si vuestra señoría se dignara visitarlo no habría de salir con las manos vacías, que yo fabrico hechizos para rendir la más altanera voluntad.

FABRICIO
Hasta ahora, el hechizo que me hizo triunfar en amor fue mi juventud.

FARELLO
No está mal el hechizo, no está mal; pero no sabéis a dónde alcanza una mixtura de infierno y juventud.

FABRICIO
¿Sabes que si la Inquisición estuviera restablecida...?

FARELLO
Me quemarían; sería mi cuerpo una antorcha humana. ¡Pero en este año glorioso de 1796 no hay otra antorcha que la de la Revolución Francesa: los derechos del hombre!

VALERIO
(Poniendo mano en la espada) — ¡Silencio!

FABRICIO
Has ofendido a estos dignos defensores del feudalismo.

BASANIO
¡Lárgate, brujo!

FARELLO
(Haciendo reverencias) — No quise provocaros, dignísimos señores.


ESCENA V

Dichos y Catalina, que vuelve.

CATALINA
(Tropezando con Farello) — ¿Vais ciego?

FARELLO
(Atónito) — ¿Qué ven mis ojos?

CATALINA
(Lo mismo) — ¡Señor Farello!

FARELLO
¡Señora Susana!

CATALINA
(Callad por todos los demonios, amigos y protectores vuestros, y no digáis a bicho viviente que la señora Susana, azafata de la condesa Angélica di Napoli Vital, hace los menesteres de fregona en el mesón de ''La Cigüeña azul"

FARELLO
¡Por mi compadre Libicocco, día de brillo de la satiriasis, que has de decirme el secreto de esta maravillosa mudanza!

CATALINA
Tal secreto no es mío, sino de mi señora la Condesa.

FARELLO
A cambio de él yo he de feriarte un amuleto para que atraigas hacia ti, como imán irresistible, el amor del caballerizo Ascanio, por quien tus pedazos se derriten como rubia manteca.

CATALINA
¡Callad, por vida mía, y no me toquéis el bordón sensible de esta vihuela, que es mi amor desengañado!

FABRICIO
(Desde, su mesa) — ¡Bertoldo! ¡Bertoldo! ¡Condenado Bertoldo! (Sale Bertoldo devorando un trozo de pernil)


ESCENA VI

Dichos y Bertoldo.

BERTOLDO
Aquí me tenéis, mi amo.

FABRICIO
Comendador de gallineros, gran maestre de despensas, camarlengo de bodegas: ¿qué es lo que puede comerse en este mesón de "La Cigüeña azul"?

BERTOLDO
Señor: para vos y vuestros amigos, con la diplomacia que me caracteriza he reservado un opíparo yantar.

FABRICIO
¿Cuál es?

VALERIO y BASANIO
¡Viva Bertoldo!

JACINTO
¡Dejadle hablar!

FABRICIO
¡Oigamos la palabra revelada!

BERTOLDO
Primero encurtidos, jamón, salchichones, torreznos...

FABRICIO
¿Y luego?

BERTOLDO
Rabiolis, riñonada, macarrones...

FABRICIO
¿Y luego?

BERTOLDO
Menestra, nabos, coles...

FABRICIO
¿Y luego?

BERTOLDO
Salchichas de Milán rezumantes grasa vivificadora y alimenticia.

FABRICIO
¡Basta, basta, que tienes la habilidad, con tus vivas descripciones culinarias, de abrir desordenadamente mi apetito!

BERTOLDO
Ensaladas, puerros, escabeche, pepinos.

FABRICIO
¡Con una legión de demonios te mando que calles! Oyéndote estoy en peligro de engordar y perder el talle, que tanto cautiva a damas, sobre todo en tiempo de guerra.

BERTOLDO
Bien podéis jurar que Atila no devastó los campos de batalla como Bertoldo “La Cigüeña azul".

TODOS
¡Viva Bertoldo!


ESCENA VII

Dichos, Don Leandro de Valor. Maese Bertuccio, y a poco, Floro.

DON LEANDRO
(A Catalina) — ¡Hola, buena mujer, decidme!

CATALINA
Decid, señor caballero.

DON LEANDRO
¿Topasteis por ventura con un soldado español llamado Floro?

BERTUCCIO
(Interviniendo) —  Floro se llama señor, un escudero y criado del capitán granadino "comendattore" don Leandro de Valor.

DON LEANDRO
Yo soy don Leandro.

CATALINA
(Aparte, con un grito de alegría) ¿Es éste?

DON LEANDRO
¿Dónde está Floro?

FLORO
(Saliendo) — Heme aquí, señor.

DON LEANDRO
¿Tengo posada?

FLORO
Todo está dispuesto.

DON LEANDRO
Hemos de parar aquí poquísimo tiempo. Ensilla los caballos.

FLORO
¡Qué me place, señor!

BERTUCCIO
¿En qué puedo serviros?

DON LEANDRO
Servidme una botella de Borgoña.

BERTUCCIO
Al momento, señoría.

(Música)

DON LEANDRO
Amores.
Amores me traen a Italia,
tierra de luz y colora.
Amores.
Amores que allá en España
nacieron entre las flores.
Tan sólo a ti
van mis amores.
En alas de la fortuna
a nada tengo temor,
que alienta en mí
su casto amor.
En jornadas de guerra
son mis guardas mejores
la fe en mi Dios
y en mis amores.
El alma espera anhelante
que acabe mi padecer
y el loco afán
por ti,
mujer...


ESCENA VIII

Dichos menos Floro.

CATALINA
(Aparte a Don Leandro) — ¡El corazón no me engaña!

DON LEANDRO
(Extrañado) — ¿Qué queréis decir?

CATALINA
Quiero decir que vos no parecéis lo que sois, como yo no soy lo que parezco. Vos sois don Leandro de Valor, de sangre real, último descendiente de los Omeyas, reyes moros de Granada. Yo, bajo mi rústico aspecto de fregona de mesón, no soy otra que Susana, azafata de mi señora la condesa Angélica di Napoli Vita.

DON LEANDRO
(Pudiendo contener apenas su alegría) — ¿Mi esposa?

FARELLO
(Entrometiéndose con el propósito de espiar) — Una gargantilla de finos corales...

CATALINA
Vuestra esposa, que os aguarda con todas las azucenas del pudor en su blanca alcoba de virgen.

FARELLO
Talismanes de la India... escarabajos de Egipto... dedos de momias faraónicas que protegen contra la mala ventura...

DON LEANDRO
(Enajenado) — ¡Mi espposa!... Todo el universo para mí es Angélica. Dime tú, Susana, cómo es Angélica, mi señora. Yo no la recuerdo sino de niña, cuando ella con sus padres vivía en mi patria. Conocía en los arrayanes de la Alhambra, y nos juramos amor en un bosquecillo de cipreses. Después, únicamente por carta nos correspondimos; y a través de sus cartas divinas amo locamente su alma de mujer... Pero no la conozco en lo físico; no pude haber un retrato suyo a manos. La persecución de su familia ha motivado que yo no tenga una miniatura de su rostro querido, para ponerla sobre el corazón y besarla mil veces. Estoy conturbado. No puedo expresar mi espanto si la veo de pronto en mi presencia y el corazón no me lo advierte. ¡Dame un retrato de mi Angélica. Susana, y yo te cubriré de oro... siquiera sea del tamaño de un grano de trigo!

FARELLO
(Muy rápido y bajo) — Si venís a mi taller de orfebre, caballero, con sólo que me digáis cómo es su nariz, su boca, sus ojos, la color de la piel y el oro o el ébano de sus cabellos, yo os juro fabricaros una miniatura tal que la veáis viva en el óvalo minúsculo del esmalte.

DON LEANDRO
(Atónito) — ¿Qué dice este viejo?

CATALINA
(Furiosa) — ¡Sabed, señor Farello?

FARELLO
¡Sabed, señora Susana, que he calado vuestro secreto como pez en estanque claro y poco profundo! De sobra estoy enterado de que el caballero don Leandro, aquí presente, ha contraído nupcias por poder con vuestra señora Angélica; que los esposos amantes no pueden unirse en el tálamo sino en el mayor de los secretos, puesto que Su Majestad Católica ha negado rotundamente su permiso al capitán para esta boda.

CATALINA
¿Y cómo sabéis vos, costal de brujerías, tamañas verdades?

FARELLO
Porque vos mesma me las confirmáis, lengua expedita y habladora. Como conozco, al cabo, que os disfrazasteis de fregona de mesón paira acercaros sin sospecha al señor don Leandro y decirle con sigilo el santo y seña.

CATALINA
¿Y cómo sabéis lo del santo y seña, viejo bergante?

FARELLO
¡Porque me lo estáis diciendo ahora, ingenua Susanita!

CATALINA
¡Pues no lo sorprenderéis! ¡Sólo mi señor puede saberlo!

DON LEANDRO
No alcanzo cuál pueda ser ese santo y seña. Como no sea una canción veneciana...

FARELLO
¡Que ella os enseñó!

DON LEANDRO
¿Quién os lo ha dicho?

FARELLO
La cantabais de niños en los bosquecillos de la Alhambra.

DON LEANDRO
¡Cáspita!

FARELLO
Sólo Angélica y Leandro conocen esta canción.

DON LEANDRO
¿Cómo sabéis que la cantábamos de niños?

FARELLO
Porque vos acabáis de revelármelo. Esa es mi magia: deducir de una palabra un hecho. Adelantar el pensamiento a lo que voy a saber.

DON LEANDRO
Puesto que el caso es sin remedio, quiero contar con vos, mago entrometido, y teneros a mi servicio.

FARELLO
No ha de pesaros.

DON LEANDRO
¿Qué dijisteis de aquella! miniatura mágica?

FARELLO
El retrato de vuestra amada, señor. Con sólo que me describáis sus facciones, yo las iré grabando en el medallón. Y el esmalte ha de ser de una delicadeza tal, que cuando esté en peligro el honor de vuestra dama, notaréis que el esmalte empalidece... Como tened entendido que cuando la virtud está incólume, el esmalte se mantendrá vigoroso... ¡Gran cosa para la ausencia, don Leandro! ¡Figuraos qué lave de seguridad para un marido!

DON LEANDRO
¡Pero el diablo andará en todo eso!

FARELLO
Magia blanca, señor: nada del infierno. Secretos arrancados a la Naturaleza por la paciente investigación del sabio. Venid a mi taller; no ha de pesaros. (Vase haciendo zalemas)


ESCENA IX

Dichos, menos Farello.

CATALINA
(A Don Leandro) — Dice verdad en todo el condenado brujo.

DON LEANDRO
No hay duda que iré a visitarlo.

BERTUCCIO
¿Qué haces aquí, lengua larga y manos cortas?

CATALINA
¡Tened la vuestra, señor mesonero de arrebatacapas, y tratad como es debido una fregona de ocasión! (Vase)


ESCENA X

Dichos, menos Catalina.

BERTUCCIO
(A Don Leandro) — ¿Habéis oído. ¡El mundo se desquicia! ¡Esa maldita revolución francesa vierte su veneno hasta en el meollo de las fregonas!

DON LEANDRO
Lo que veo, mi estimado huésped, es que nada disponéis para mi almuerzo.

BERTUCCIO
(Asombrado) — ¿Pero tenéis pretensión de almorzar?

DON LEANDRO
(No menos asombrado) ¿Inaudita os parece? ¿Imagináis que soy cuerpo glorioso que no ha menester ni pescado, ni carne?

BERTUCCIO
No digo tal, señor; sino que un feroz tragaldabas, llamado Bertoldo, ha consumido para sí y para sus compinches todas cuantas provisiones me quedaban.

DON LEANDRO
¿De suerte que no tenéis nada?

BERTUCCIO
Ni pluma en el corral, ni tajada en la despensa, ni lumbre en el fogón...

DON LEANDRO
(Indignado) — ¡Cuerpo de tal que si no mirara!... (Maese Bertuccio vase corriendo)


ESCENA XI

Dichos, menos Maese Bertuccio.

FABRICIO
(Aproximándose cortés a Don Leandro) — Señor caballero: deponed vuestra furia ante el descaro de maese Bertuccio, y venid con nosotros, que de buen grado os brindamos silla y cubierto.

DON LEANDRO
Acepto agradecido vuestra cortés invitación, que ya el estómago comenzábame a dar vahídos.

FABRICIO
(Presentando a sus amigos) — Los oficiales don Basando, Capella, don Jacinto Pachierotti, don Valerio Rocaberti... (Saludos, etcétera) Yo soy, señor, el capitán don Fabricio Pantaleone, que se os ofrece como amigo y criado.

DON LEANDRO
Pláceme de veras tal cortesía. Mi nombre es don Leandro de Valor; mí patria. Granada. (Se sientan)

VALERIO
Españoles e italianos, somos todos hijos de la loba romana.

BASANIO
¡Brindemos, pues, por la común patria latina!

FABRICIO
(Alzando su copa) — ¡Brindemos también por la sin par condesa Angélica di Napoli Vita!

DON LEANDRO
(Sorprendido y confuso) — ¿Qué decís?

JACINTO
Que nuestro amago el capitán Fabricio anda perdidamente enamorado de la dama que dice y jura y perjura que ha de rendirla a su amor.

VALERIO
¿No conocéis a la condesa Angélica? Es un pájaro divino que vive en la jaula de oro de su castillo.

BASANIO
¿No conocéis al capitán Fabricio? Es un émulo de vuestro sevillano don Juan.

JACINTO
No hay mujer que se le resista.

VALERIO
Ni princesa, ni fregona (Ríen)

VALERIO
Conoce el alma femenina de tal modo, que para él no hay recoveco ignorado y sabe aprovecharse lindamente del fatal cuarto de hora.

FABRICIO
No hagáis caso, señor don Leandro, de las alabanzas de mis amigos; aunque en el caso de la condesa Angélica, bien pudieran estar en lo cierto. Tengo para mí que no es una virtud muy esquiva. Conozco los rincones ocultos de su corazón, y tengo la seguridad de rendirla en una noche.

DON LEANDRO
(Levantándose airado) — ¡Basta, señor mío! ¡En mi ánima lamento corresponder a vuestra cordial acogida arrojándoos mi guante de caballero! (Se levantan todos)

FABRICIO
¡Esa palabra!

DON LEANDRO
¡Ofendisteis a una dama en mi presencia, y soy español!

FABRICIO
¡Don Quijote!

DON LEANDRO
¡Vos habéis dicho que sois don Juan! ¡No está mal que don Juan se las haya una vez con don Quijote! (Pone mano en a espada)

FABRICIO
¡Sabed que soy un don Juan quintaesenciado, puesto que soy un don Juan Torentino! (Saca la espada)

DON LEANDRO
¡Don Juan puede ser de otra parte; don Quijote, nunca! ¡Don Quijote es español! ¡En guardia, caballero!


ESCENA XII

Dichos, el Gran Duque de Toscana y acompañamiento.

GRAN DUQUE
¿Qué furia es ésta? ¿Mis oficiales con las espadas desnudas se aprestan a matarse?

DON LEANDRO
Señor: el capitán Fabricio, aquí presente, ofendió el honor de una dama en mi presencia.

GRAN DUQUE
¿Y sacasteis la espada?

DON LEANDRO
Hela aquí, al servicio de vuestra alteza.

GRAN DUQUE
¿Qué respondéis, capitán Fabricio?

FABRICIO
Señor: que hablé de la condesa Angélica di Napoli Vita, no en mengua de su honor, sino en pro de su belleza. Dije y sostuve, rindiendo pleitesía a sus encantos de mujer, que me consideraba capaz de rendirla de amor en el curso de una noche. A los valientes  oficiales del ejército de vuestra alteza se le ha permitido siempre, en tiempo de guerra, esa exaltada galantería.

DON LEANDRO
(Indignado) — Galantería decís?

GRAN DUQUE
¡Silencio! (A Leandro y Fabricio) No están estos tiempos de guerra y revolución para esterilizar el valor de hombres como vosotros en bagatelas femeniles. Vale más una buena espada que una docena de bellezas perturbadoras. ¿Por qué reñir entonces? Decidme, señor de Valor: ¿vos conocéis a la condesa Angélica?

DON LEANDRO
(Confuso) — No, sino para servirla, monseñor.

GRAN DUQUE
Con violencia lo decís. ¿Y vos capitán Fabricio?

FABRICIO
Tampoco hablé con ella jamás; si bien es cierto que la he visto y la he admirado.

GRAN DUQUE
Es notable el caso: dos bravos muchachos que van a matarse por una mujer con la que no cambiaron palabra.

DON LEANDRO
¡Y por la cual doy la vida, monseñor: está dicho!

FABRICIO
¡Y yo lo mismo, y dicho queda!

GRAN DUQUE
¡Singular empeño, por vida mía! ¿Vos, capitán Fabricio, apostáis?...

FABRICIO
¡Quinientas onzas españolas a que rindo de amor en una noche!

DON LEANDRO
¡Y yo pongo vida y hacienda que la condesa Angélica no ha de ser sino de m Leandro de Valor!

FABRICIO
¡Pues va la hacienda y la vida a que ha de ser para el capitán Fabricio!

GRAN DUQUE
Yo soy el juez de campo de este duelo. Vos, capitán Fabricio, partiréis al amanecer para el castillo de la condesa Angélica. (Fabricio saluda y vase)

DON LEANDRO
(Desesperado) — ¿Y me lleva ventaja, monseñor?

GRAN DUQUE
Doce horas, no más. El se adelanta con su compañía, y vos no podéis separaros de mi cuartel general.

DON LEANDRO
¡Señor, señor!... ¡No sabéis el tormento a que esta inacción me condena!

GRAN DUQUE
Si no confiáis en el honor de una dama, ¿por qué apostáis hacienda y honra por ella? Pero vamos a lo prosaico y necesario de la vida. (A sus ayudantes) Decid al posadero que prepare almuerzo sobre la marcha para mí y mi cuartel general. Total: ochenta cubiertos. ¡Vivo!

BERTUCCIO
(Cayendo redondo) — ¡Maldición!

(Mutación)


CUADRO SEGUNDO

Taller de orfebrería y magia del brujo Farello. Un hornillo encendido. Yunque. Crisoles, letreros cabalísticos, aves disecadas, esqueletos, instrumentos exóticos, etc., etc.


ESCENA XIII

Farello.

FARELLO
Esta figulina, que parece una tanagra de cera, es el retrato en carne desnuda de mi señora la condesa Angélica di Napoli Vita. Merced a este prodigio he podido fundir en mi hornillo mágico el medallón de diamantes que me ha encargado el caballero español don Leandro de Valor, que por cierto me ha parecido un ingenuo inyectado de imbecilidad amorosa; gracias a la cual, vivimos brujos y alcahuetes como manda Dios nuestro Señor. (Llaman a la puerta) Ya está aquí.


ESCENA XIV

Farello y Don Leandro.

(Música)

FARELLO
Pasad, señor;
señor, pasad:
honrad la cueva
que es mi mansión;
esos esqueletos
de hombres y fieras
que os miran airados,
son inofensivos;
os lo juro yo.
(Parece imbécil
el buen señor)

DON LEANDRO
Aunque un aborto del infierno
me mirara,
a sombra tal
no temo yo,
que es mi defensa
la dulce amada mía,
mi talismán es el amor.

FARELLO
(Pues sí es imbécil
el buen señor)
Mirad en blanco el medallón.

DON LEANDRO
Pero el retrato,
¿cómo lo haréis?

FARELLO
Al soplo de mi poder
su imagen aquí vendrá,
si vos cantáis la canción
aquella de la Alhambra.

DON LEANDRO
Aquélla no puede ser.

FARELLO
Con sólo mi magia blanca
creo un imposible
lo que vos queréis.

DON LEANDRO
Si canto, ¿veré a mi esposa?

FARELLO
Os juro que la veréis.

DON LEANDRO
Pero...

FARELLO
Cantad.

DON LEANDRO
Tu amor es una rosa,
tu amor es una rosa
que está en mi huerto;
y con la luz del día
mi boca le da un beso.
¡Son besos que en el alma
yo los sentí.
Besos, besos
para ti.
Rosa mañanera,
rosa mañanera
la del huerto mío;
en tu cáliz tiemblan,
en tu cáliz tiemblan
perlas de rocío.
No quiero la noche,
quiero la mañana
por besar
el divino broche
de mi rosa grana
al despertar.
Tu amor es una estrella,
tu amor es una estrella,
es un lucero,
que en la noche encantada
navega por el cielo.
¡Amor de mis amores!
voy hacia ti;
brilla, brilla
para mí.
Sigue, lucerito,
sigue, lucerito,
estrellita mía;
brilla tú en la noche,
brilla tú en la noche,
que tu luz me guía.
Faro de mi cielo,
mi camino alumbre
tu fulgor;
dame tu consuelo
con los resplandores
del amor.
Amor... Amor...

Angélica no aparece.

(Aparece en la bombona el rostro de Angélica, tocado con peluca blanca a la moda de María Antonieta)

FARELLO
(Copiando afanosamente)
Esperad. Esperad.

(Se va desvaneciendo la imagen)

DON LEANDRO
No te alejes, vida mía;
no te alejes de mí por compasión;
no te vayas, que contigo
se va mi pobre corazón.
No me dejes, amor mío;
no me dejes sin ti, por caridad;
que tu imagen adorada
es la flor de mi felicidad.
.
FARELLO
(Mostrando el medallón a don Leandro)
Ya está el prodigio.
Esta es la viva imagen
de la condesa;
de todos mis trabajos,
la obra suprema.

DON LEANDRO
(Besando el medallón)
Mi vida; por siempre yo veré
tu imagen, que es fuente de ilusión
besar tus ojos así
con ardiente pasión,
y tu rostro adorado
llevar sobre mi corazón.

FARELLO
De mi arte soberano
la prueba es ésa :
el rostro soberano
de la condesa.
Fortuna radiante
Llegaste al fin, al fin.
El mozo tiene oro,
mucho oro, y es seguro
que también yo lo tendré,
lo tendré.

DON LEANDRO
Por arte sobrehumano
vi a mi condesa,
Esencia divina de la mujer,
gentil rosal de mi jardín,
tu amor será la gloria de mi vida
la luz que alumbrará
mi ser.

(Oyense aldabonazos, Farello acude a la puerta)

DON LEANDRO
¿Quién llama?

FARELLO
(Volviendo) — ¡Alguien que os conoce y puede sorprenderos! Salid por esta puerta excusada.

DON LEANDRO
Tomad este bolsico. (Dáselo) No merece menos vuestro arte.

FARELLO
Gracias, señoría. Y tened presente cuando empalidezca el esmalte, corre peligro el honor de vuestra dama.

DON LEANDRO
¡Raro prodigio! No lo olvidaré.

FARELLO
Salud, excelencia. (Vase don Leandro)


ESCENA XV

Farello y El Capitán Fabricio.

FARELLO
(Haciendo reverencias)
Pasad, señor,
señor, pasad;
honrad la cueva
que es mi mansión.

FABRICIO
¡Bribón! ¿A qué vienen zalemas y disimulos? Yo necesito de Satanás, y te busco a ti de corredor.

FARELLO
¿En qué puedo serviros?

FABRICIO
¿Cuál es el secreto de mi rival?

FARELLO
No puedo decirlo.

FABRICIO
(Dándole una bolsa) — ¡Toma y habla!

FARELLO
Don Leandro y la Condesa están casados por poder y en secreto.

FABRICIO
¡Entonces estoy perdido!

FARELLO
Yo puedo salvaros.

FABRICIO
¡Habla!

FARELLO
Hay una contraseña, una canción sólo conocida de ellos. Si la cantáis a medianoche al pie de la torre del homenaje, suplantaréis a vuestro rival.

FABRICIO
¡Cántala, por tu vida!

FARELLO
¡Es magia negra, señor!

FABRICIO
¡Brujo infame!

FARELLO
¡Tened, señor!

FABRICIO
¡Invoca a Satanás si es preciso!

FARELLO
(Arrojando al hornillo substancias mágicas y que producen vivas llamaradas)
¡Satán! ¡Satán!
rey del Averno,
sal de tu lóbrega mansión,
y entre clamores del infierno
cante tu boca la canción.

FABRICIO
¡Satán! ¡Satán!
rey del Averno,
sal de tu lóbrega mansión,
y entre clamores del infierno
cante tu boca la canción.

FARELLO
Yo te conjuro
con mi palabra;
yo soy acero
y tú el imán.
Escucha el eco
de Abracadabra.
Mis preces todas
hacia ti van.
¡Satán! ¡Satán!
Mis preces todas
hacia ti van.

FABRICIO
Pero ¿y la canción? ¿Qué aguardas?

FARELLO
¡Sois impaciente, señoría! Ya vendrán los espíritus del mal.

FABRICIO
¡Acaba pronto, Farello!

FARELLO
(Absorto en sus manipulaciones) — ¡Ya!... ¡Ya!... ¡El Infierno quiere más oro!

FABRICIO
(Dándole más) — ¡Toma todo cuanto tengo!

FARELLO
¡Más!... ¡Más!

FABRICIO
¡Mis joyas, mis sortijas!

FARELLO
¡Con oro se alimenta el fuego!

LOS DOS
¡Satán! ¡Satán!
Rey del Averno,
sal de tu lóbrega mansión,
y entre clamores del infierno
cante tu boca la canción.

FARELLO
¡Esperad! ¡Esperad!... El infierno, me ha oído... ¡Ya!... ¡Ya!...

DON LEANDRO
(Dentro)
Sigue lucerito,
sigue lucerito,
estrellita mía;
brilla tú en la noche,
brilla tú en la noche,
que tu luz me guía.
Faro de mi cielo,
mi camino alumbre
tu fulgor.
Dame tu consuelo
con los resplandores
del amor.
Amor... amor...

FABRICIO
(Saliendo) — ¡He ganado la apuesta! ¡Es mía! . . . ¡Es mía! (Farello ríe)

(Mutación)


CUADRO TERCERO

Cámara de Angélica. Alcoba y ventana al fondo. Gran chimenea. Oyese dentro ruido de viento y lluvia.


ESCENA XVI

Angélica, Belisa, Silvia.

BELISA
¡Terrible noche!

SILVIA
Llueve y ventea.

ANGELICA
¡No permita el cielo que mi esposo y señor don Leandro de Valor se ponga en camino en noche como ésta! Mucha es mi impaciencia por recibirle en este mi castillo, como señor natural que es de mi casa y persona; pero no deseo dolor para él ni remordimiento para mí.

SILVIA
¡Ay!

ANGELICA
¿Qué es eso, Silvia? ¿Os asusta la tempestad? Venid a mí, pobres corzas aterradas, y distraeremos el miedo cantando, como viajero perdido en camino tenebroso.

(Música)

ANGELICA
Una linda gondolera
del Gran Duque se prendó,
con la inocencia
de su corazón.
Y soñaba en su locura
con la corona ducal.
¡Ay, pobre de la gondolera,
que en alas de su fantasía
al cielo
ensoñó llegar!
Y cantaba sus amores
al compás de una canción.
¡Ay, la pobre gondolera,
herida por la flecha de amor!
Y los días pasaba soñando
con su quimera,
en su góndola alegre cantando
la gondolera.
Mariposa que busca la llama,
la encontrará,
y en la lengua de fuego, las alas
se quemará.
Una noche que bogaba
por las aguas del canal,
vió iluminarse
la mansión ducal.
Su desgracia presintiendo,
preguntaba por doquier.
¡Ay, pobre de la gondolera,
que lleva la muerte en el alma
sabiendo la verdad cruel!
Era la cena de bodas
del Gran Duque, su señor.
¡Ay, la pobre gondolera,
que al fondo del canal se arrojó!

ANGELICA y AZAFATA
Y la góndola va navegando
sin su remera.
Y no cruza las aguas cantando
la gondolera.
En la tierra no cabe el cariño
con que soñó.
Y en las aguas tranquilas del lago
lo sepultó.

(Oyense unas campanadas tocando ánimas)

BELISA
Las ánimas.

ANGELICA
Recemos. (Pausa. Rezan)

BELISA
(Asustada) — ¿Oísteis?

ANGELICA
¿Qué?

BELISA
Con el último tañido de la campana, algo así como un gemido lejano.

ANGELICA
¿Desvarías, Belisa? (Ligera pausa)

SILVIA
(También asustada) — ¿Otra vez?

ANGELICA
¿Tú también, Silvia? (Pausa. Las tres mujeres se miran inquietas)

BELISA
(A Angélica) — Ahora sois vos la que palidecéis.

ANGELICA
No soy supersticiosa; pero tengo miedo a la imponente majestad de una noche negra y cerrada. Es conseja antigua m este mi castillo que cuando por tercera vez se oye ese gemido, es señal de que alguien ha violentado las puertas del infierno y dado suelta a los demonios.

SILVIA
(Santiguándose) — ¡Qué miedo!

BELISA
Y dicen que los diablos toman formas de perros y jabalíes feroces.

SILVIA
¡Líbrenos Dios del diablo-hombre, que es el más peligroso de todos!

ANGELICA
No hay duda que la noche está embrujada. No ha mucho tuve un sueño raro.

SILVIA
¿Decís?

ANGELICA
Que tuve un sueño extravagante. Me encontraba en un salón densamente oscuro, sin otra claridad que la de un óvalo a modo de marco de retrato, vuelto del revés, que se presentaba ante mi vista. Una melodía muy querida de mi corazón me llamaba del otro lado, obligándome a asomarme por allí como si lo hiciera por claraboya o ventana. Lo hice, y cuál no sería mi sorpresa cuando vi que el cantor era mi Leandro. Lo vi tan bien como os veo a vosotras. Mirad que no le conozco, y, sin embargo, tengo la seguridad de que era él. La. Canción que llevaba en los labios era la que yo le enseñé en los vergeles de la Alhambra; la misma que, por medio de mi azafata Susana, le he rogado que cante al pie de mi roja. Y a propósito de mi azafata Susana: tengo miedo también por ella en noche tan cruda como ésta.

BELISA
No tended, señora; que es valerosa y fuerte, y no hay jayán que la lleve el pulso. (Oyese una rondalla que se aproxima)

SILVIA
¿Oís, señora?

ANGELICA
Alguien se acerca con música tal que temo ha de hacerme desfallecer.

BELISA
¿Será él?

SILVIA
(Observando que los músicos han llegado al pie de la ventana) — ¡Ya están ahí!

(Música)

FABRICIO
(Dentro)
Rosa mañanera,
rosa mañanera,
la del huerto mío,
en tu cáliz tiemblan,
en tu cáliz tiemblan,
perlas de rocío.
No quiero la noche;
quiero la mañana,
por besar
el divino broche
de mi rosa grana
al despertar.

ANGELICA
¡Leandro! ¡Es mi Leandro! ¡Vendrá aterido de frío y mojado de lluvia!... ¡Mis damas, disponed al punto una mesa pletórica de manjares exquisitos y vinos confortadores! ¡Traedla aquí, junto a la chimenea! ¡Atizad la fogata con leños resinosos y perfumados; que todo es poco paira recibir como se debe al que manda en el castillo y en el corazón de la castellana!

BELISA
(Mirando a la izquierda) — ¡Helo aquí, señora; que hacia vos viene anhelante!


ESCENA XVII

Dichas y Fabricio, seguido de Bertoldo. Lacayos con luces.

FABRICIO
(Doblando la rodilla) — Ahinojado, señora, pongo mi alma a vuestros pies.

ANGELICA
Levantaos, señor; que no como soberana, sino como sierva quiero recibiros.

FABRICIO
Dulcísima Angélica, vuestra discreción es tan grande como vuestra hermosura. El comedimiento y recato de vuestra gentilísima persona pone orgullo satánico en el corazón de vuestro marido.

ANGELICA
¿Por qué decís orgullo satánico?

FABRICIO
Porque el orgullo es pecado, ciertamente, aunque gratísimo pecado tratándose de vos.

ANGELICA
Yo no quiero sino el santo orgullo que Dios pone en el corazón de los buenos cuando una noble empresa es cumplida. Mas, decid: ¿por qué me hurtáis el rostro? ¡¡Ah!! (Retrocede asustada) ¡Vos no sois mi Leandro!

FABRICIO
¡Me afrentáis, señora!

ANGELICA
¡Vos no sois mi marido!

FABRICIO
Temeraria suposición es la vuestra.

ANGELICA
He visto en sueños a mi Leandro y es otro su rostro y continente. Más galán y cortesano que vos, tenía el alma en la mirada y su alma era buena. En cambio, en vuestros ojos brilla un fuego que ofende mi pudor…

BERTOLDO
Eso es, señora mía, que llevamos treinta leguas de camino sin probar bocado.

FABRICIO
¡Silencio!

BERTOLDO
¡Que me quiten de los ojos esa mesa o que me den de comer!

ANGELICA
¡Glotonería en el criado y lascivia en el amo! ¡Vos no sois mi Leandro! ¿Cómo permanecéis, vos y vuestro escudero, armados en mi presencia? ¿Cómo no entregasteis espadas y pistoletes a mis lacayos? ¿De esta guisa los caballeros de España rinden vasallaje a la señora de sus pensamientos?

FABRICIO
Perdonad, señora, si el apremio de adorar vuestra hermosura puso en olvide por mi parte, un leve trámite de etiqueta. (Entrega las armas) Desarrugad el ceño que, así vuestro rostro será un cielo sin nubes. ¡Yo soy vuestro Leandro en cuerpo y alma, señora!...

ANGELICA
¡Apartad!

FABRICIO
¿Que me aparte decís?

ANGELICA
¿Os asombráis? ¿Vuestro orgullo de varón no concibe que mi pudor os rechace? Y sin embargo es así. ¡No sois mi Leandro!


ESCENA XVIII

Dichos y Catalina, que viene por la izquierda, todavía con traje de fregona.

CATALINA
(Saliendo) — ¡Qué ha de ser vuestro Leandro, señora!

FABRICIO
(Reconociéndola consternado) — ¡Catalina!

ANGELICA
(Con alegría) — ¡Susana!

CATALINA
(Indignada) — ¡Qué ha de ser vuestro Leandro ese impostor!

FABRICIO
(Confundido) — ¿Por qué no me traga la tierra?

BERTOLDO
(Mirando la mesa como perro hambriento) — ¿Por qué no me tragaría, yo lo que hay encima de la tierra?

ANGELICA
(A Susana) — ¿Luego tú conoces al caballero?

CATALINA
¡Le conocen mis carnes, señora, tarazadas a pellizcos por eso libertino! ¡Pero a bien que menudo soplamocos tuve, ayer mismo, el honor de espetarle en plena quijada! Sabed que el tal petimetre es caballo de buena boca; que lo mismo rinde a mojicones una moza de mesón, que conquista con un madrigal una princesa trasnochada. Y lo malo es que se jacta con razón el barbilindo, porque hay doncellas anden tan necesitadas de varón, que con melindres o sin ellos se tragan las píldoras que esos boticarios las ofrecen. ¿Y qué sucede luego? Figuraos el bulto que meten las consecuencias!

ANGELICA
(Escandalizada) — ¡Susana!

CATALINA
¡Perdonad, señora; pero, desde que por vuestro servicio me he vestido de fregona, me he vuelto muy desvergonzada!

ANGELICA
En suma: quiero saber cómo se llaman estos hombres que allanaron mi castillo.

FABRICIO
Yo soy el capitán don Fabricio.

ANGELICA
(Sarcástica) — ¿El burlador?

FABRICIO
Por esta vez, burlado.

ANGELICA
¿Qué alegáis en disculpa de vuestra acción?

FABRICIO
Buscad la clave en vos misma. Miraos un punto al espejo y comprenderéis. Ya tenéis explicado mi proceder. No rehuyo vuestra sentencia.

ANGELICA
(A Bertoldo) — ¿Y vos? (Bertoldo, subyugado por la mesa, no contesta) ¡Responded! (Bertoldo sigue ensimismado) ¿Como os llamáis?

BERTOLDO
(Como si despertara) — ¡Gazuza!

ANGELICA
¿Os burláis?

BERTOLDO
Creo que me llamo gazuza. A lo menos no hay nombre que me cuadre mejor en este momento.

ANGELICA
Está bien; puesto que así os confirmáis, "señor gazuza" habréis de llamaros de ahora en adelante…

BERTOLDO
(Alarmado) — ¿Eh?...

ANGELICA
Quiero decir que para justificar y merecer tan raro apellido habréis de ayunar como un fakir de la India, como un monje de la Tebaida.

BERTOLDO
¡Señora, por piedad; mi nombre es Bertoldo!

CATALINA
¡Bertoldo Carpanta!

BERTOLDO
¡Carpanta! ¡Por algo no quiste decir mi apellido!

ANGELICA
(Altiva) — ¡Basta de burlas! ¡Ea, mis lacayos! ¡Aquí mis hombres de armas! (La obedecen) ¡Sujetad al señor don Fabricio y a su criado! (Lo hacen) ¡Vigiladles estrechamente en el calabozo de las hilanderas! ¡Vosotras, mis damas y azafatas, sacad los trajes femeninos que estos egregios varones se han ganado! ¡Traed las ruecas, husos y copos del lino en abundancia! (Belisa, Silvia y Catalina traen lo que se las manda)

FABRICIO
(Atónito) — ¿Qué decís, señora?

ANGELICA
¡Que vos y vuestro satélite aliasteis el sagrado de mi hogar con nombre supuesto; y es tradición en este mi castillo que quien cometa tal felonía ha de ganar su pan, si quiere vivir, halando a la rueca y vestidlo a lo señora!

FABRICIO
¡A un gentilhombre como yo no se le puede humillar de tal manera!

ANGELICA
¡A una dama honesta como yo no se la puede ultrajar como vos lo hicisteis, señor!

FABRICIO
¡Jamás!

ANGELICA
¡La lengua desmiente en vano al estómago vacío! ¡Vestido de mujer hilaréis, señor! ¡Es mi derecho y mi venganza! ¡Ya lo sabes, Susana: vigilancia y puños! (Vase Angélica con sus damas)


ESCENA XIX

Catalina, Bertoldo, lacayos y guardias.

CATALINA
(A los guardias) — Llevad a su tajo al capitán, que no ha de probar bocado hasta no entregar tarea.

FABRICIO
¡Pésia mí, que he jugado y he perdido! (Llévanse a Fabricio)

CATALINA
Y a éste (Por Bertoldo) dejadle de mi cuenta, que yo me basto y me sobro para hacerle pagar los retorcidos pellizcos que me ha dado en... “La Cigüeña Azul". (Vanse los criados)


ESCENA XX

Bertoldo y Catalina.

(Música)

(Bertoldo quiere comer de los manjares de la mesa)

CATALINA
(Interponiéndose) ¡Atrás!
Para probar esta cena,
conforme a la tradición,
hilar a la rueca
es la condición.

BERTOLDO
Dadme un poquito, un poquito,
porque me voy a morir.

CATALINA
Pero estaréis quietecito
y hasta podréis elegir.
Estos bartolillos
van rellenos de jamón,
y estos pastelillos,
con pechugas tiernas de pichón.

BERTOLDO
¡Qué tormento tan atroz!

CATALINA
Y este arroz con leche.

(Le muestra un plato colmado)

BERTOLDO
¡Catalina, dame arroz!...

(Catalina juega con la voracidad de Bertoldo. Este logra meter los dedos en el plato)

CATALINA
¡Arre allá!

BERTOLDO
(Chupándose los dedos)
Me han salido granos
y me los voy a curar.

CATALINA
Vuestro señor os aguarda,
y hay que seguir su destino;
tomad vuestro traje,
la rueca y el lino.

(Le da las prendas y objetos que dice)

BERTOLDO
¡Pero, por Dios, Catalina;
no me dejéis sin comer!

CATALINA
Podéis estar sin cuidado,
que ya sé yo qué he de hacer.

(Le muestra una loncha de jamón, que le acerca y retira picarescamente)

BERTOLDO
(Siguiéndola hambriento y como hipnotizado)

¡Catalina, sois cruel!

(Mutis los dos. Sigue la música. Pausa. Oyese dentro cantar a Leandro)

DON LEANDRO
(Dentro)
Rosa mañanera,
rosa mañanera,
la del huerto mío;
en tu cáliz tiemblan,
en tu cáliz tiemblan,
perlas de rocío.
No quiero la noche;
quiero la mañana,
por besar
el divino broche
de mi rosa grana
al despertar.
Amor... Amor...


ESCENA XXI

Angélica, Silvia y Susana.

ANGELICA
¿Y los prisioneros?

SUSANA
Pacientes y modositos, como hábiles hilanderas, componen un cuadro conmovedor. ¡Bien se ganan el pan, señora mía!

ANGELICA
¿Han hilado mucho?

SUSANA
¡Y muy delgado!

ANGELICA
¿Les has dado de comer?

SUSANA
En tanto no lo ordene vuestra señoría, ni por pienso. Y a Bertoldo, que es el más necesitado, acabo de obsequiarle con un aperitivo.

ANGELICA
¡Cruel!

SUSANA
Temo que han de desmayarse si no les socorremos pronto. El infeliz Bertoldo suspira como un verraco.


ESCENA XXII

Dichos y Belisa, por la izquierda.

BELISA
(Muy emocionada) — ¡Señora!

ANGELICA
¿Qué ocurre?

BELISA
Acaba de llegar al castillo mi señor don Leandro con su criado Floro.

ANGELICA
(Inmutándose) — ¡Cielos!

SUSANA
¿Qué tenéis?

SILVIA
¿Qué os pasa? (La rodean)

ANGELICA
No quiero recibirle. Sabed, amigas mías, que guardo grave resentimiento contra mi marido.

BELISA
¿Por qué?

ANGELICA
¿Por qué, me preguntáis? La dulce canción, secreto de dos almas, es conocida por la tropa del Gran Duque y cantada por la chusma... ¡Mi marido, depositario de esta sagrada melodía, la ha profanado sembrándola en los cuatro vientos!... Y lo que es peor: ha estado a punto de perder mi honra si mi pudor alarmado no me hubiera advertido.

SUSANA
Mirad que el bellaco, de Bertoldo miente.

ANGELICA
¡Miente, y su amo canta al pie de mi ventana! (Se oyen voces en la pieza inmediato)


ESCENA XXIII

Dichas, y a poco, Don Leandro.

DON LEANDRO
(Dentro) — ¡Con una legión de diablos habréis de dejarme entrar, señor maestresala! (Entra)

ANGELICA
(Reconociéndole) — ¡El! (A las azafatas) ¡Salid! (Mutis)

(Música)

ANGELICA
Decid pronto, caballero,
por qué entráis en mi morada.

DON LEANDRO
(Turbado)
Señora... No sé...

ANGELICA
Vuestro torpe desafuero
no es muy digno de esa espada

DON LEANDRO
Mi atrevimiento... perdonad.

ANGELICA
¿Qué os sucede? Decid.

DON LEANDRO
Quiero hablaros.

ANGELICA
Hablad.

DON LEANDRO
¿No advertís, señora mía,
que yo soy vuestro marido?

ANGELICA
(Riendo)
¿Vos mi Leandro?
Señor, deliráis.
Mi esposo está allí.

(Señala las habitaciones interiores)

DON LEANDRO
¿Vuestro esposo? ¡Imposible!

ANGELICA
¿Imposible?... ¿Por qué?

DON LEANDRO
(Consultando aparte el medallón)
El esmalte empalidece.

ANGELICA
El señor de esta morada,
el amado esposo mío,
no sois vos seguramente.

DON LEANDRO
Con el alma entera
juramento os doy;
por mi fe de capitán
que, por dicha mía,
vuestro esposo soy.
Soy vuestro Leandro,
que os arrancaría
de las mismas garras de Satán.

ANGELICA
Sois muy galán.

DON LEANDRO
Ese miserable,
sátiro impostor,
viene sólo a mancillar
mi honor.

ANGELICA
Tranquila, dichosa,
pensando en mis amores,
soñada mimosa
el cielo para mí,
tejiendo mis sueños
cadenas de flores... ¡Ay!
Y esta dicha pretendéis
romper así.

DON LEANDRO
Os ruego, condesa...

ANGELICA
No insista el capitán.

DON LEANDRO
Pero, condesa...

ANGELICA
¿Quién sino mi esposo
cantar podría la canción?

DON LEANDRO
He de explicaros...

ANGELICA
A su juramento
no pudo hacer traición.

DON LEANDRO
¡Condesa,
si un momento fiáis en mi honor
oiréis de mis labios
la verdad entera!
¡Lo pido por favor!

ANGELICA
¿Por favor?... Ya os escucho (Se sienta)

DON LEANDRO
Señora mía,
si adoraros es delito,
por las torres de la Alhambra
juro que culpable fui...
Pero un villano
puso en duda vuestra honra,
y por vengaros vine aquí.
Creedme:
la canción de nuestra infancia
salió sólo de mis labios
al conjuro de un hechizo
que, por arte vil de un mago,
vive en este medallón.
Si yo culpable he sido
imploro así vuestro perdón.

(Se arrodilla)

ANGELICA
Ir con el demonio
tan cerca de sí
no es cristiano, capitán.
A su Dios ofende
con amar así;
yo no quiero hechizos,
quiero un corazón.

DON LEANDRO
(Arrojando el medallón al fuego
de la chimenea)
Ved cómo en las llamas
se funde el medallón.

ANGELICA
(Con una graciosa reverencia,)
Vos siempre tan galante.

DON LEANDRO
La dicha soñada
al fin es realidad.
¡Angélica del alma mía!

(Se abrazan)

ANGELICA
Os brindo con nupciales llores,
y brille al fin con sus resplandores
sol de la felicidad.

LOS DOS
Nos alumbran los rayos del solí
de la felicidad.


ESCENA ULTIMA

Dichos y Catalina, Silvia, Belisa, el Gran Duque de Toscana. Acompañamiento.

(Sigue la música)

CATALINA
(Entrando apresurada) — Señora, su alteza el Gran Duque de Toscana.

GRAN DUQUE
(Entrando) — Condesa...

ANGELICA
(Queriendo arrodillarse) — Monseñor...

GRAN DUQUE
Levantaos. (A don Leandro) Bien sospechaba que aquí os encontraría. Sabed que Su Majestad Católica os vuelve a su gracia, y me recomienda que toméis vuestra esposa y regreséis a España.

DON LEANDRO
¡Oh, monseñor; me devolvéis la vida!

GRAN DUQUE
(A Angélica) — Y decid: ¿qué hicisteis del pobre capitán Fabricio?

CATALINA
Helo aquí, monseñor. (Descorre un tapiz y descubre una segunda estancia, donde aparecen el capitán Fabricio y Bertoldo hilando y vestidos de mujeres)

GRAN DUQUE
¡Hilando a la rueca! (Risa en todos) ¡Corred aprisa ese tapiz, que en el duro trance en que se encuentra mi ejército, capitanes he menester y no hilanderas! (Catalina corre el tapiz)

ANGELICA y DON LEANDRO
(A dúo)
Rosa mañanera,
rosa mañanera,
la del huerto mío,
en tu cáliz tiemblan,
en tu cáliz tiemblan,
perlas de rocío.
No quiero la noche;
quiero la mañana,
por besar
el divino broche
de mi rosa grana
al despertar.



TELON


Información obtenida en:
https://archive.org/details/lashilanderaszar3967serr

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