lunes, 20 de julio de 2015

Los Mineros (Libreto)



LOS MINEROS



Zarzuela dramática en un acto y en prosa.

Libreto de Sinesio Delgado.

Música de Tomás López Torregrosa.

Representada por primera vez en el Teatro Eldorado de Barcelona el día 11 de marzo de 1899.


REPARTO (Estreno)

Dolores - Juana Fernández.

Catalina - Dolores Pla.

Pilar - Antonia García.

Juan - Manuel Rodríguez.

Ventura - Delfín Jerez.

Rafael - Anselmo Fernández.

Ricardo - Alejo Peral.

Lorenzo - Diego Gordillo.

Un Minero / Un Sereno - Simón Escrich.

Mineros, aldeanos, transeúntes.

La acción en nuestros días (los del estreno).

Derecha e izquierda las del actor mirando al público.


CUADRO PRIMERO

Meseta en lo más alto de una montaña, en que se explotan minas de carbón y desde la cual se divisa extenso y magnífico paisaje. En segundo término se abre la boca de una mina con bajada en rampa, practicable, y un poco más allá hay una caseta donde se supone que se guardan les picos, linternas y demás utensilios. Cruzan el espacio en todas direcciones los alambres de los ferrocarriles aéreos, con sus cubos ó baldes para el transporte de mineral; abundan en el valle y en los montes las líneas férreas, algunas de plano inclinado, y allá lejos, casi en el límite del horizonte, se divisan las torres y chimeneas de las fábricas de una ciudad importante. Ha empezado el crepúsculo de la mañana, y la decoración debe estar preparada para que, a su debido tiempo, aparezca el sol é ilumine esplendorosamente el cuadro.


ESCENA I

Rafael, Ricardo.

(En cuanto se levanta el telón, aparecen por la segunda izquierda. Viste el primero uniforme de capitán de lanceros y el segundo elegante traje de campo)

RICARDO
¿Ves? Hemos llegado los primeros. Este madrugón ha sido un disparate.

RAFAEL
Pues si por las mujeres no se hacen disparates, ¿por quién van a hacerse?

RICARDO
¿Y si en esta ocasión te llevaras chasco?

RAFAEL
No puede ser. Yo en la brecha, ella en plena ilusión y el marido en Babia... no tengo más que alargar la mano para clavar la bandera en la torre del enemigo.

RICARDO
No te fíes. Las mujeres cambian en el memento crítico y desconciertan al más avisado.

RAFAEL
¡Dímelo a mí! Pero eso tiene su remedio: a nuevo obstáculo nueva táctica. El secreto está en ser audaz con las soberbias, tímido con las humildes, dulce con las mimosas, frío con las apasionadas, atrevido con las coquetas, firme, galante y generoso con todas, siempre el primero y siempre hombre...

RICARDO
No se me olvidará el programa. Pero en este caso puede fallar. Catalina es mujer de talento.

RAFAEL
Mejor que mejor. La imaginación la ayudará a disimular la falta.

RICARDO
El marido no es tonto, parece que la quiere y...

RAFAEL
¡Bah! De los maridos no hay que ocuparse. Los más celosos guardas de viñas sospechan de todos los que pasan por el sendero menos del que realmente trata de coger un racimo.

RICARDO
Y a propósito de racimos, ¿qué es de la otra?

RAFAEL
¿De quién?

RICARDO
De Dolores, aquella chiquilla tan mona a quien hiciste creer en montes y morenas.

RAFAEL
¡Ah! Nada. No quedó ni rastro. No creo que supongas que yo iba a enamorarme seriamente de la hija de un capataz de minas.

RICARDO
De modo que... ¿es cosa abandonada?

RAFAEL
Completamente.

RICARDO
¿Y a la disposición del primero que pase?

RAFAEL
¡Hola! ¿Quieres pasar tú el primero? Pues cuidado ¿eh? que la niña es peligrosa para aprendices. Y con las mujeres del pueblo sucede lo que con los moros. El avance se hace con mucho lucimiento, pero la retirada es cosa grave. (Aparece Dolores por la primera derecha. Viste modestamente, pero con limpieza y compostura)


ESCENA II

Dichos, Dolores.

DOLORES
Buenos días, señor Moncada, y la compañía.

RAFAEL
(Con fingida alegría, procurando dominar la sorpresa)
¡Dolores! ¡Qué feliz encuentro! (Aparte a Ricardo) ¡Ahí la tienes precisamente! ¡Buena ocasión para empezar el fuego de guerrillas!

(Se acerca a ella lentamente)

RICARDO
(Me da envidia ese desahogo)

RAFAEL
¿Cómo tú por aquí a estas horas?

DOLORES
Vengo a esperar a mi padre. ¿Y usted?

RAFAEL
Yo, pues...

RICARDO
(¡Es capaz de decirla que viene a hacer el amor a otra!)

RAFAEL
Yo vengo... a ver salir el sol, ¡ya ves qué tontería! Me ha dicho mi amigo el ingeniero que es cosa admirable desde estas alturas.

DOLORES
¿El ingeniero ó la mujer del ingeniero?

RAFAEL
¡Ja, ja! ¡Qué chiquilla ésta! (A Ricardo) ¿Ves qué cosas dice?

RICARDO
Sí; ya veo que conoce el corazón humano.

DOLORES
Pues yo, y usted perdone, creí que al señor capitán no le podría coger de sorpresa eso del amanecer en la montaña.

RAFAEL
¿A mí?

DOLORES
Sí, porque (Marcando mucho) me parece haberle visto algunas veces salir a caballo a estas horas por las calles de ese pueblecito que está en el repecho... Por cierto que, según malas lenguas, le despedía con lágrimas en los ojos una amiga mía que odiaba la salida del sol porque era el anochecer para ella. Tan tonta es la pobre, que hace muchos días espera en balde, en cuanto las brigadas de la noche bajan a los pozos, oír el trote del caballo por el camino de la ciudad.

RICARDO
(Con malicia) ¿Amiga de usted?

DOLORES
Tan amiga que me duele como a ella misma el daño que la hacen.

RAFAEL
Pero ¿estás tú segura de que la han ofendido?

DOLORES
¿Qué sé yo? Eso dicen. Y si así fuera, mi amiga no es de las que tienen mucho aguante, a Dios gracias. ¡Pobre del que haya tenido la culpa!

RICARDO
(Aparte a Rafael) Tenías razón; esta niña es como los moros. En la retirada te vas a ver negro.

RAFAEL
Pero dime, mal genio, ¿quién os ha dicho a tu amiga y a ti que es el olvido la causa de la ausencia? ¿Quién sabe si no permiten abandonar la ciudad las órdenes terminantes de quien puede darlas?

DOLORES
¿Sí? ¡Lástima que esas órdenes no hayan venido antes.

RICARDO
¿Antes de qué?

DOLORES
¡A usted qué le importa!

RICARDO
(Acercándose a ella muy meloso) Me importa, pimpollo; porque si su amiga se parece a usted en lo guapa, no faltará quien se muera por sus pedazos.

DOLORES
(Con ira y asombro) ¡Cómo! ¿Qué? ¡Repita usted eso!

RICARDO
(Un poco asustado) Que si ella... vamos... que yo...

DOLORES
Pero ¿qué dice este títere?

RICARDO
(¡Títere! Aquí de la lección: audaz con las soberbias, dulce con las humildes...)

(Acercándose más y resueltamente) No se ponga usted así, ¡qué caramba!

DOLORES
(Rechazándole con violencia.; Pero, capitán, ¿usted ve esto?

RAFAEL
(Interponiéndose) (Déjanos solos) (A Ricardo)

RICARDO
¡Caramba! No es eso lo tratado.

RAFAEL
¡Tonto! Es para prepararte el terreno.

RICARDO
¡Si ya me figuraba yo que había subido para divertirme! (Vase por la última izquierda)


ESCENA III

Dolores, Rafael. —Al fin, Ricardo.

DOLORES
¡Gracias a Dios! Ahora podremos hablar claro. Anda, dime, ¿por qué no has vuelto? ¿Qué te pasa? Ya no me quieres, ¿verdad?

RAFAEL
Pero, mujer...

DOLORES
No, no hace falta que me lo digas. ¿Para qué? Lo leo en tus ojos.

RAFAEL
¿No te he de querer? Pero en la ciudad se temen trastornos, la tropa está sobre las armas, y me es imposible...

DOLORES
¡Ah, embustero amor el que encuentra imposibles! Por Dios. Rafael, (Suplicante) ¿no ves que me muero? ¿No ves que ya no te puedes volver atrás? ¿No comprendes que eso sería un crimen?

RAFAEL
Si yo no trato de engañarte, si te quiero como siempre. Lo que hay es que...

DOLORES
Lo que hay es que te has arrepentido, ¿verdad? ¡Ah! Está bien eso. Se finge a una pobre muchacha un cariño muy hondo, se la prometen ante Dios no sé cuántas cosas, ¡hasta el matrimonio si es preciso! y luego, cuando uno se cansa, cuando le gusta a uno más la mujer de cualquier amigo, se la abandona sin explicaciones, sin una palabra de consuelo, sin tanto así de esperanza.

RAFAEL
Tú exageras, Dolores. Comprende que hay momentos de locura en que no se fija uno en las circunstancias.

DOLORES
¡Las circunstancias! Pues oye lo que te digo por última vez: ¿volverás a cumplir tus promesas?

RAFAEL
Si puedo, sí. Pero a veces la voluntad no basta.

DOLORES
Piénsalo, Rafael, porque yo no soy como las demás, ¿sabes? He llorado mucho y no has ido a secar mis lágrimas; te he suplicado de rodillas y no me has hecho caso, ¡pero no serás tú feliz si me haces desgraciada! ¡Te juro vengarme cuando y como pueda!

RAFAEL
¿Amenazas? ¡Ese es el peor camino!

DOLORES
El peor no; el único. Y pregunta en el Robledal si la Canela no es capaz de cumplir todo lo que ofrece. (Sale Ricardo por la última izquierda)

RICARDO
¡Chist! Rafael, ya están aquí ellos.

DOLORES
¿Ellos? ¿Quiénes son ellos? ¡Ah! (Mirando hacia donde esta Ricardo) Viene también la mujer de don Ventura. ¡Me lo daba el corazón!

(Rafael la atrae al primer término)

RICARDO
(Gritando hacia la izquierda) ¡Por aquí! ¡Aquí estamos todos!

RAFAEL
(Empujándola suavemente hacia la derecha) Por Dios, Dolores, calma; vete... No hay nada de lo que te figuras.

DOLORES
(Con rabia sorda)
¡Esa! ¡ésa es la de las órdenes terminantes! ¡Por ahí viene el temor de los trastornos! Ella me ayudará a vengarme. Señor capitán... ¡nos veremos!

(Vase por la última derecha)

RAFAEL
Pero oye... ¡El diantre es la muchacha! ¿A que me va a pesar la ocurrencia?


ESCENA IV

Rafael, Ricardo, Catalina, Ventura, Pilar, Lorenzo.

VENTURA
Buenos días, señores.

RAFAEL
Felices, don Ventura. (A Lorenzo y Pilar) ¡Calle! ¿También ustedes?

PILAR
Se ha empeñado ésta... (Se saludan todos)

VENTURA
Son dos amigos a quienes mi mujer sacrifica a sus caprichos.

RAFAEL
Caprichos llenos de poesía.

CATALINA
Gracias, Moncada. Es que no hay nada como la aurora con esta decoración espléndida.

(Acabados los saludos quedan en dos grupos .perfectamente separados. Catalina, Pilar, Rafael y Ricardo en segundo término izquierda. Ventura y Lorenzo en primero derecha)

RAFAEL
¡Oh, sí! Será admirable.

RICARDO
¡Admirable!

CATALINA
Pues todavía no han visto ustedes lo mejor. Desde lo alto de ese picacho (Señalando a la izquierda) que ahora nos priva de la vista de ese lado se divisa un espectáculo maravilloso: la salida de los mineros a quienes toca el turno de día que se dirigen a los pozos en inmensos hormigueros, el despertar de las locomotoras que resoplan corriendo en todas direcciones con los trenes de mineral, el movimiento de los baldes por las líneas aéreas, el estremecimiento de la tierra que se traga por las bocaminas centenares de obreros y arroja de ellas hombres y más hombres... ¡Ah! es hermoso verdaderamente.

RAFAEL
Pues gozaremos de esa hermosura, y al lado de ustedes el placer será doble.

RICARDO
(Aparte a Rafael). Te vas a poner de paisajes que no va a haber por dónde cogerte.

VENTURA
(A Lorenzo) Como usted ve, mi mujer sigue por los espacios imaginarios.

LORENZO
(A Ventura) Lo malo no es que se vaya por las nubes sola, sino que lleve malas compañías.

VENTURA
¿Qué quiere usted decir?

LORENZO
Naturalmente no lo digo por nosotros... Pero mire usted: cuando yo era un muchacho tenía en mi huerta un guindo enano que daba un fruto muy sabroso. Al pie del guindo prendió sin saber cómo una mata de yedra que lentamente fue abrazándole y adornándole hasta cubrirle por completo... Al principio aquella frondosidad me daba gusto; pero ya sabe usted que la yedra es traidora. Cuando quise recordar, el árbol se me quedó seco y... ya no he vuelto a comer más guindas. Poco después me casé con Pilar que, como todas las muchachas, tenía su correspondiente hojarasca de amigos, parientes y... capitanes de lanceros. Aquella verdura adornaba mucho al árbol del matrimonio, pero como yo estaba más ducho en horticultura, agarré la podadera y eché abajo la mala hierba en un decir Jesús. Gracias a eso hemos vivido relativamente felices.

VENTURA
Me alegro, pero el cuento no viene al caso, Tengo en ella y en mí absoluta confianza.

PILAR
(En el otro grupo) Bueno, pero después tenemos que pasar por Robledal. ¡Lorenzo! ¿Verdad que tú quieres ir luego a Robledal?

LORENZO
Como quieras, mujer.

PILAR
Sí; es un pueblecito que le gusta mucho a mi marido, y viene a él en cuanto puede.

LORENZO
Me gusta como los otros.

VENTURA
(Aparte a Lorenzo) ¡Hola! ¿Sigue celosa doña Pilar?

LORENZO
¿Qué quiere usted? ¡Manías! Anda también por los espacios imaginarios... desgraciadamente.

CATALINA
(En el otro grupo) ¿Es muy bonito?

RAFAEL
No tiene nada de particular

PILAR
¡Vaya si tiene! (Alzando la voz para que la oiga Lorenzo) Vive allí la Canela, ¿No conocen ustedes a la Canela? Pues es la hija de un capataz de brigada, y la llaman así por guapa y pizpireta y porque trae revueltos a todos los mozos del pueblo y a algunos viejos de las cercanías. ¿Verdad, Lorenzo?

VENTURA
(Aparte a Lorenzo) Ahí va el segundo tiro.

LORENZO
Tú sabrás. (Aparte a Ventura) No haga usted caso.

RICARDO
(A Pilar) Tranquilícese usted; se exagera mucho. Esa muchacha no es tan fácil como dicen.

RAFAEL
Ni tan hermosa como parece.

CATALINA
¡Ah! ¿Usted la conoce?

RAFAEL
De oídas.

CATALINA
¿Sólo de oídas? (En tono de reconvención festiva) ¡Embustero!

RICARDO
(Qué suerte tiene este hombre! Ya está la otra sobre ascuas)

CATALINA
Conque... ¿me acompañan ustedes a la cumbre?

RAFAEL
No faltaba más.

CATALINA
Pues deme usted el brazo.

RAFAEL
(Aparte a ella) Y el alma.

CATALINA
No; el brazo solo. Lo del alma pudiera ser atrevimiento.

RICARDO
(Ofreciéndola el brazo) Doña Pilar...

PILAR
Sí, hijo, sí; estoy que no puedo conmigo.

RICARDO
(¡La amistad tiene unas exigencias brutales!)

PILAR
¿Vienen ustedes? (A Lorenzo y Ventura)

LORENZO
Sí, allá vamos. (Vanse los cuatro por la izquierda) (¡Y el militar no es saco de paja!) (Viéndolos marchar) Don Ventura, corte usted la yedra, que le va a echar a perder el guindo. (Se dirige también hacia la izquierda, y cuando va a desaparecer se detiene porque se supone que ve venir a Dolores por la derecha) ¡Calle! ¡La Canela! ¡Lástima que mi mujer no tenga motivos fundados para reñirme! (Vase por la izquierda y sale Dolores, que los sigue con la vista)


ESCENA V

Ventura, Dolores.

DOLORES
¡Del brazo de ella! (Viendo a Ventura y acercándose a él) ¡Ah! Me alegro de encontrarle, señor ingeniero.

VENTURA
¿Qué hay, muchacha? ¿Le pasa algo a tu padre?

DOLORES
Nada, que yo sepa, gracias a Dios. Pero he venido a buscarle para decirle que hay marejada entre la gente de Robledal y que se presenta mal día. Los hombres tienen mucha rabia por eso de las elecciones y hablan de dejar hoy el trabajo y bajar a la ciudad a hacer otra manifestación como la de la semana pasada.

VENTURA
¡Locos! Pero ¿no saben que ha venido tropa de todas partes y que una imprudencia cualquiera puede ocasionar muchas desgracias?

DOLORES
Sí lo saben, señor; pero no falta quien aconseja que se rompa por todo. Por de pronto, hoy no se bajará a los pozos en la Margarita, ni en la Rocosa, ni en la Cascajares, y sólo se espera que salgan las brigadas de la noche para juntarse todos en la plaza de Robledal y bajar en el ferrocarril, ó a pie, ó como se pueda... ¡Ya ve usted qué disparate, señor! Para exponerse a que los reciban a tiros.

VENTURA
Que sí los recibirán, de seguro. Hay que hacer algo para contenerlos. Anda, el relevo va a empezar; di a tu padre en cuanto salga de la mina que venga a buscarme. Allí estoy con aquellos señores.

DOLORES
Voy a escape, señor. (Vase derecha)

VENTURA
¡Qué desatino! Bien dice la Canela; vamos á tener mal día. (Vase izquierda)


ESCENA VI

Coro de Mineros.

(Música)

(Suena dentro una campana)

1º GRUPO
(Reuniéndose en la escena) Venid, mineros,
que ya la hora
llegó de trabajar,
y a las brigadas de la noche
debemos relevar.

VOZ
(En el foso) Y a las brigadas de la noche
tenéis que relevar.

(Campana otra vez. Siguen saliendo por la izquierda hasta completar el primer grupo obreros en traje de faena con palas, picos, linternas, etc.)

1º GRUPO
Se enlazan y suceden
los turnos del trabajo,
y siempre hay muchos hombres
cavando sin cesar,
sumidos en las sombras,
perdidos allá abajo
como menuda arena
del fondo de la mar.

(Forman ala derecha)

2° GRUPO
(En el foro) Subid, mineros,
que ya la hora
llegó de descansar,
y otras brigadas nuestro sitio
ya vienen a ocupar.

(Va saliendo el segundo grupo del foro por la boca de la mina, mientras el primero repite:)

1º GRUPO
Se enlazan y suceden
los turnos del trabajo
y siempre hay muchos hombres
cavando sin cesar,
sumidos en las sombras,
perdidos allá abajo
como menuda arena
del fondo de la mar.

TODOS
Nos enterramos en honda tumba,
siempre tranquilos, hoy como ayer,
porque se sabe que el que sucumba
muere cumpliendo con su deber.
Y con el duro acero
rompemos las montañas
guiados por la fiebre
del insaciable afán,
en busca del tesoro
guardado en sus entrañas
que da la vida al mundo
y a nuestros hijos pan.

(Se separan los dos grupos)

1º GRUPO
Bajad, mineros,
que ya la hora
llegó de trabajar,
y a las brigadas de la noche
debemos relevar.

2° GRUPO
Salid, mineros,
la campana
nos llama a descansar,
y otras brigadas nuestro sitio
ya bajan a ocupar.

(Empieza a bajar al foso el primer grupo)

Id, y Dios quiera
que aquí al volver
sanos y salvos
os vuelva a ver.

(Vase por la derecha el segundo grupo)

1º GRUPO
(Abajo) ¡Adiós!

2° GRUPO
(Dentro) ¡Adiós! (Campana)


ESCENA VII

Juan, Ventura.

(Hablado)

JUAN
(Saliendo por la derecha) ¡Ah! Allí está. (Llamando) Don Ventura, con permiso de esos señores. (Aparte) Sí, voy a decírselo todo. Antes de hacer una tontería bueno es procurar
poner el remedio.

VENTURA
¡Hola, Juan! Ya sé lo que vas a decirme, porque me ha enterado Dolores. Que la gente está inquieta y soliviantada porque el Gobierno se empeña en anular su triunfo en las elecciones municipales, y en lugar demandar razones manda cañones y bayonetas, ¿no es eso?

JUAN
Sí, señor; pero yo además tenía que consultar con usted otra cosa más grave.

VENTURA
¿Más grave aún?

JUAN
Para mí al menos. Necesito de usted un favor que me importa mucho, y no sé si atreverme...

VENTURA
Atrévete, hombre.

JUAN
Pues es el caso que... ¿Usted es amigo de ese capitán que está con las señoras?

VENTURA
¿De Moncada? Sí, soy un poco amigo.

JUAN
Pues el favor que yo quiero pedir a usted es que diga usted al señor Moncada que nos deje en paz y no se meta donde no le llaman.

VENTURA
¡Ah! ¿El capitán se ha metido contigo? Pues no le arriendo la ganancia.

JUAN
No se ha metido conmigo mismamente. Pero... mire usted, don Ventura, el caso es que yo tengo una hija.

VENTURA
La Canela.

JUAN
Justo; la llaman así porque es hermosa como un sol y buena como el pan. Mientras yo brego allá abajo, ella es la que cuida de mi casa sirviendo de madre a sus hermanos, que son unas criaturas. Sin ella no podrían vivir mis pequeños, y sin todos ellos yo tampoco podría vivir...

VENTURA
Hasta ahora no veo aparecer al capitán.

JUAN
Ni yo hubiera querido verle aparecer tampoco, don Ventura. Pero mi Dolores es tan guapa y esos uniformes vistosos de los militares son tan llamativos... En fin, es, que salta a la vista que trata de engañarla y yo no quiero que la engañe.

VENTURA
Bien hecho; pero ¿ella le quiere?

JUAN
¡Dios mío! ¿No ha de quererle? La hija de un obrero galanteada, perseguida por un oficial joven, con pantalones azules y botones de plata, metido siempre entre la mejor gente de la ciudad, ¿qué va a hacer la pobre? Las mujeres son casquivanas todas, señor don Ventura, se ciegan con los espejuelos como las alondras, y vamos, que no tiene remedio; mi hija está enamorada de ese hombre.

VENTURA
¿Te lo ha dicho ella?

JUAN
Esas cosas no se les dicen nunca a los padres.

VENTURA
¿Lo has conocido tú?

JUAN
¡Ah! Tampoco lo conocemos eso nunca. Pero hace tiempo que los compañeros me gastan bromas que no hay para qué decir... Parece que entre las comadres del barrio esos paseos del capitán son la comidilla diaria, y están haciendo jirones mi crédito y me están haciendo pasar muy malos ratos, don Ventura. Ahora mismo, al salir del pozo, un obrero me ha dicho; Juan, allí tienes a tu yerno. Y crea usted que he tenido que contenerme para no darle un puñetazo. Pero ¿qué iba adelantando, verdad? Empeorar las cosas y dar que decir más todavía. Pero es el caso que la sangre se me va quemando poco a poco, que yo no puedo vigilar a Dolores como es debido, porque ella hace falta en casa y yo en la mina... y que antes de hacer una barbaridad he dicho: Pues voy a hablar con don Ventura.

VENTURA
Y ¿qué quieres que yo haga?

JUAN
Puesto que es usted amigo del capitán, cogerle y decirle: Amigo, usted tendrá muchas mujeres que se mueran por usted, más dignas y más encopetadas que la hija de un capataz; ¡ande usted con ellas y deje en paz a una familia honrada que ningún mal le ha hecho!

VENTURA
La comisión no es muy divertida que digamos.

JUAN
¡Hágalo usted por mí, don Ventura! Porque si no... ¡si no le va a pesar a él por éstas, que son cruces!


ESCENA VIII

Dichos, Pilar, Lorenzo, Ricardo (Cruzan de izquierda a derecha).

RICARDO
Yo aseguro a usted, doña Pilar, que la tal Canela es de cuidado y... que no está al alcance de todas las fortunas.

PILAR
Es que no sabe usted de lo que son capaces algunos camastrones.

RICARDO
Pero don Lorenzo es moro de paz.

LORENZO
Y tan de paz. (¡Ya me va cargando el muñeco éste!) (Viendo a Ventura, que sigue hablando con Juan en primer término) Don Ventura, vamos, guíenos usted al pueblo.

VENTURA
Con mucho gusto. Allí nos veremos.

JUAN
(Se separa de él y se acerca al grupo) ¿Y Catalina?

LORENZO
Ahí viene. (Gritando y mirando hacia la izquierda) ¡Vamos! Que se quedan ustedes rezagados.

VENTURA
(Creo que tiene razón. Va a ser preciso cortar la yedra, y pronto) (Vanse foro izquierda. Juan va a hacerlo también por la primera del mismo lado, pero ve entrar en escena a Catalina y Rafael y se detiene y se oculta)


ESCENA IX

Catalina, Rafael. —Juan (oculto).

CATALINA
(Saliendo) ¡Cállese usted, por Dios! Eso es una broma ó una locura.

RAFAEL
Locura, y grande. Pero al lado de usted ¿es posible conservar el juicio?

CATALINA
Fíjese usted en que esa galantería, a solas, pasa de la raya.

RAFAEL
Porque no es galantería de cumplido. Es que de tal modo admiro sus encantos y de tal manera me subyugan, que olvido su posición, la mía, ¡todo!... y... ¡tiene usted razón! Esto es una locura, pero tan hermosa, tan dulce... (Se acerca demasiado a ella y la coge una mano)

CATALINA
(Desasiéndose) ¡Quieto, por Dios, que pueden vernos!

RAFAEL
Déjeme usted, al menos, soñar con una dicha remota; ¡todo lo remota que usted quiera!

CATALINA
Sueñe usted. (Con coquetería) ¿Puedo impedirlo acaso?

RAFAEL
¡Bendita sea usted!

PILAR
(Dentro) ¡Vamos, Catalina!

CATALINA
¡Voy! (Aparte a Rafael) Silencio y formalidad, ¿eh?

RAFAEL
¡Va a costarme mucho trabajo. (Vanse por la izquierda)

JUAN
(Saliendo del escondite) ¡Calla! ¡Se entienden! Vamos... hay cosas que no se pueden ver con calma... Pero ¡qué peso se me ha quitado de encima, y Dios me perdone!


ESCENA X

Juan, Dolores.

DOLORES
¡Padre!

JUAN
¿Estabas ahí?

DOLORES
Venía a buscarle a usted para volverá casa.

JUAN
¿Has oído?

DOLORES
Todo.

JUAN
Pues ni una palabra a nadie, ¿entiendes? ¡Más vale que la tempestad vaya por otro lado!

DOLORES
¿Qué quiere usted decir con eso?

JUAN
¡Demasiado lo sabes! Yo lo siento por don Ventura, pero me alegro por ti... y por mí. El sabrá lo que tiene que hacer, ¿verdad? Entretanto nosotros debemos estar muy contentos.

DOLORES
¿Usted lo está?

JUAN
Mucho. Ya lo ves.

DOLORES
Pues entonces... (Con alegría forzada) entonces yo también estoy muy contenta.

(Empieza la música)

Mutación.


CUADRO II

Plaza en un pueblo minero.


ESCENA I

Coro de mujeres, luego Dolores.

(Música)

CORO
Todos hablan, todos gritan,
es una locura ya...
hoy se pierden los jornales
y mañana Dios dirá.
Los hombres ahora
no tienen razón
para hacer ninguna
manifestación.
Y si al fin y al cabo
la llegan a hacer,
alguna, desgracia
les va a suceder.

UNAS
La Canela viene.

OTRAS
¿Qué la pasará?

OTRAS
¡Mala cara tiene!

OTRAS
¡Muy furiosa está! (Sale Dolores)

TODAS
¿Dónde vas, Dolores?

DOLORES
No lo sé ni yo.
¡A tornar venganza
del que me engañó!
Su castigo es cosa
decidida ya;
quien quiera saberlo
venga y lo verá.

(Vase por la izquierda)

CORO
Es muy degradada
la pobre mujer.
¿Qué plan será el suyo?
¿Qué es lo que irá a hacer?
¡Pobre Canelita!
¿Qué la pasará?
¡Mala cara tiene!
¡Muy furiosa va!

(Vanse también por la izquierda. Se oyen dentro, a la derecha, grandes rumores y aparecen poco después los mineros tumultuosamente. Ventura, delante de ellos, intenta detenerlos)


ESCENA II

Ventura, Mineros.

(Hablado con música en la orquesta)

MINERO
¡No se ponga usté delante, don Ventura, Hemos dicho que vamos a bajar y bajamos.

VENTURA
Os advierto que voy a avisar por teléfono a la compañía.

MINERO
Avise usted, si quiere. No tratamos de sorprender a nadie. Así nos recibirán como merecemos.

VENTURA
Puede haber sangre.

MINERO
Mejor. La sangre es el riego de la libertad.

VENTURA
Haced lo que queráis. Yo he cumplido con mi deber. Ahora toda la responsabilidad es vuestra. (Se retira por la derecha y los obreros avanzan formando grandes grupos)

(Música)

CORO
¡Al arma, compañeros,
que al fin la ingrata sociedad
tendrá que darnos nuestra
ración de libertad!
Dejad las galerías,
buscad la redención
y acaben ya los días
de imbécil sumisión.
Y así como el viento con ráfagas locas
de su mansedumbre se suele olvidar
y tala los bosques y arranca las rocas
y agita y encrespa las olas del mar,
así los mineros, que en rudo trabajo
las fuerzas agotan en lucha sin fin,
podrán de repente brotar de allá abajo
pidiendo su parte del rico botín.
¡Ya basta de suplicio,
de ruin y sorda guerra,
librando con la tierra
combate desigual,
y puesto que nos quieren
tratar a sangre y fuego,
que apoyen nuestro ruego
la hoguera y el puñal!
Los pobres esclavos que en húmedo encierro
pudriéndose cumplen un falso deber,
rompiendo con rabia su cárcel de hierro
verán las argollas deshechas caer.
¡Ya basta de suplicio,
de ruin y sorda guerra,
librando con la tierra
combate desigual! (etc.)

(Vanse con gran alboroto y estrépito)


CUADRO III

(Música)

Telón corto, que debe caer pegado al de boca . Representa un puente sobre un río, en cuya margen derecha del espectador se levanta una gran ciudad industrial y fabril, en la que se ven los muelles con fardos, grúas, trenes de mineral, etc., etc., y un poco más lejos, casas, paseos, fábrica?, altos hornos... Todo el cuadro es musical y a telón corrido.

CORO
(Dentro y lejos) Pide, niña, a la Virgen
de la Montaña
que tu amor se arrepienta
si es que te engaña,
que la Virgen protege
castos amores
y hace que se arrepientan
los pecadores.

DOLORES
(Dentro) No hay un martirio
como los celos
que me atenazan
el corazón.
Con él sin duda
quieren los cielos
probar el temple
de mi pasión.

CORO
(Más cerca) Sólita por el monte
va la doncella,
sin miedo de que el diablo
cargue con ella,
porque la niña sabe
que la acompaña
la milagrosa Virgen
de la Montaña.

DOLORES
La impaciencia en el amor
es suplicio tan cruel
que la rabia y el dolor
a juntarse van en él.

MUJERES
Reñido está el cariño
con la alegría,
porque siempre se tiene
melancolía.

HOMBRES
Y nunca averiguamos
en qué consiste
que el que quiere de veras
se pone triste.

DOLORES
No hay un martirio
como los celos
que me atenazan
el corazón.
Con él sin duda
quieren los cielos
probar el temple
de mi pasión.

CORO
(Alejándose) Pide, niña, a la Virgen
de la Montaña
que tu amor se arrepienta
si es que te engaña...

(Mutación)


CUADRO IV

Plazoleta en una ciudad. A la izquierda una casa elegante, en cuyos balcones del piso principal se lee «Circulo de la Concordia». A la izquierda otra casa con puerta practicable. En el foro otra, y a sus lados dos callejuelas también practicables. En fin, el caso es que en la plazuela desemboquen varias calles y que por todas ellas pueda venir gente en un momento dado. Es de noche. Iluminación de luz eléctrica. Sobre la puerta del círculo un globo esmerilado en que se repite, con letras rojas, el mismo letrero de los
balcones.


ESCENA I

Catalina, Pilar, Rafael., Lorenzo, Ricardo.

(Hablado)

PILAR
(Saliendo foro derecha) ¡Ay! ¡Gracias a Dios que me veo a la puerta de casa! ¡Qué endiablada ocurrencia ha sido la de subir hoy al monte! Confieso que he tenido miedo.

CATALINA
¿Por qué? La agitación de los mineros no iba con nosotros.

LORENZO
¿Usted cree que ocurrirá algo grave, capitán?

RAFAEL
Nada, seguramente. Daremos unas cuantas cargas si es preciso, y en paz.

CATALINA
¡Me gustaría ver una de esas cosas!

PILAR
¡Hija, por Dios! Lleva usted la poesía demasiado lejos.

CATALINA
La hay en todas partes, ¿verdad, Moncada?

RAFAEL
En las mujeres hermosas especialmente.

CATALINA
La hay en aquella salida del sol esplendorosa, en aquel despertar del monte envuelto todavía en los jirones de la niebla, en aquella muchedumbre que entra y sale en las cuevas lóbregas para arrancar a la tierra el combustible que calienta al mundo; en ese himno de redención cuyos ecos nos han perseguido por montañas y valles, rompiéndose en las rocas y repercutiendo en los barrancos, y hasta en el choque próximo que va a ensangrentar las calles.

LORENZO
(Esta señora está un poco tocada)

PILAR
Será hermoso, pero no me negará usted que eso del choque asusta. Y apropósito, ¿por qué nos ha abandonado don Ventura?

CATALINA
Por contener a los amotinados.

PILAR
Bueno, pero usted no puede ir sola a casa.

RAFAEL
Yo la acompañaré con mucho gusto.

LORENZO
Gracias... en nombre del marido. Pero es preferible que se quede con mi mujer hasta que parezca el ingeniero. Entretanto nosotros echaremos nuestra partida de billar en el casino. ¿No les parece a ustedes?

RICARDO
Sí, eso pensaba.

LORENZO
Ahí vendrán antes que a ninguna parte todas las noticias.

CATALINA
Hasta mañana.

RAFAEL
(Aparte a ella) (¿Y por qué no hasta luego? Es posible que esta noche ocurra algo grave. ¿No se interesa usted por mi salud?

CATALINA
¡No faltaba más!

RAFAEL
Pues ¿por qué no ha de salir al balcón para saber el final de la jornada? Yo pasaría por la calle y...

CATALINA
Bueno, pase usted si quiere.

LORENZO
(Desde la puerta del casino) ¿No viene usted, Moncada?

RAFAEL
Voy en seguida. Doña Pilar... (Saludando para despedirse. Van a entrar Lorenzo, Ricardo y Rafael en el casino, y Pilar y Catalina en la casa de la derecha, cuando aparecen por el foro izquierda Dolores y coro de mujeres)


ESCENA II

Dichos, Dolores, Coro.

(Música)

DOLORES
Buenas noches. No se vayan,
pueden todos ver y oír,
que no es grave ni es secreto
lo que tengo que decir.
Señor de Moncada.

RAFAEL
¿Qué pasa? ¿qué quieres?
¿Por qué te presentas
con esas mujeres?

CORO
Bajamos del monte
buscándole a usté.

RAFAEL
¿Para qué me buscan?

DOLORES
Yo se lo diré.
Aquella amiga mía
desventurada
que tanto le quería,
señor Moncada,
me manda a recordarle
su compromiso,
y a impedir que ame a otra (Señalando a Catalina)
sin su permiso.

CATALINA
(Fieramente) ¡No sufro insolencias!

DOLORES
Pero ¿dónde están,
si yo estoy hablando
con el capitán?
(A él) Creyó la pobre falsas promesas,
dio todo entero su corazón;
pero su dicha voló en pavesas,
buscó cariño y halló traición.
Mas ante el engaño
que la desconsuela
todos sus derechos
quiere recobrar,
y aquí a defenderlos
está la Canela.
La noche es de lucha,
¡yo vengo a luchar!

CORO
La chiquilla es una pólvora,
la prendieron y estalló;
ella quiso dar escándalo
y el escándalo se dio.

RAFAEL
(Furioso) ¡Vete, Dolores!
¡vete, te digo!
¡Yo nada tengo
que ver contigo!

DOLORES
(Idem) ¿Es que quieres la guerra?
Pues pronto la tendrás,
que si ella vale mucho (Por Catalina)
yo valgo mucho más.

CATALINA
¡Eche usté a esa loca!

DOLORES
Calme usté su afán,
que yo estoy hablando
con el capitán.

(Sujetándole y empujándole hacia el casino)

LORENZO y RICARDO
Vamos adentro,
señor Moncada.

(Empujándola hacia la casa)

PILAR
¡Por Dios, señores,
vamos de aquí!

DOLORES
Si les molesta,
no he dicho nada,
mas la Canela
siempre fue así.

CORO
La chiquilla es una pólvora,
la prendieron y estalló,
ella quiso dar escándalo
y el escándalo se dio.

(A viva fuerza entran a Rafael en el casino los otros dos. Lo mismo hace Pilar con Catalina en la casa de la derecha. El coro se va retirando lentamente. Cuando va a hacerlo Dolores, que se ha quedado la última, salen foro izquierda Juan y Ventura, que la detienen)


ESCENA III

Dolores, Juan, Ventura.

(Hablado)

JUAN
¡No, no te vayas! Ven aquí. ¿Qué ha sido eso?

DOLORES
Déjeme usted, padre.

JUAN
¿A qué has venido? ¿Por qué has armado ese alboroto? ¡Vamos, contesta!

DOLORES
He venido... (Fijándose en Ventura) ¡Vaya? No lo digo, déjeme usted.

JUAN
Lo dirás de grado ó por fuerza.

DOLORES
Pues bien... ¡porque no he podido contenerme! Porque yo le quería, padre, y no puedo ver que quiera a otra. (Ventura oye con mucha atención y sobresalto) ¡Ya está dicho, ea!

JUAN
¡Bien, calla!

DOLORES
¿No quería usted que hablara?

VENTURA
(Acercándose como si le asaltaran sospechas. ¡Ah, el capitán! ¿Era cosa del capitán?
Y... ¿qué ha pasado?

JUAN
¡Nada! No haga usté caso, don Ventura. Mi hija se ha vuelto loca esta noche.

VENTURA
(Procurando disimular el ansia con que sigue la conversación) Por eso me inspira mayor interés. Vamos, dilo. ¿Qué tiene de particular que lo diga? Que el capitán te deja por otra... Veamos, ¿y quién es esa otra? ¡Valdrá menos que tú, de seguro!

DOLORES
No la conoce usted.

VENTURA
¿Que no la conozco? (Procurando no violentarse) Espera. Tú has llamado la atención dando un escándalo en mitad de la calle... Aquí estaba, pues, la mujer que venía con el capitán, ¿no es eso?

DOLORES
No sé, no sé nada.

VENTURA
Sí, es seguro; lo decían en los corrillos todos esos que han presenciado la escena. Y Moncada venía delante de nosotros, (A Juan) ¿verdad? Venía con... con don Lorenzo, Con doña Pilar y con... (Transición brusca) ¡Habla! ¡Ahora es cuando quiero yo que hables! ¡Juan! Dila que lo cuente todo... ¿No comprendes que necesito que lo cuente? ¡Sí, lo decías por... por ella!

DOLORES
¡No, no señor! (Asustada)

VENTURA
¿Por quién, si no? ¡Vamos, anda! ¿En qué te fundas? ¿Qué has visto? ¿Qué sabes?

DOLORES
Pregúnteselo usted a mi padre.

JUAN
Pero si yo...

VENTURA
¡Callas también! Bueno; es lo mismo. La calumnia ha llegado ya hasta vosotros... Mañana rodará por las callejuelas de los pueblos, por las mesas de los cafés, por los pozos de las minas, por todas partes... No puede ser; hay que detenerla. (Se dirige hacia el casino)

JUAN
¿Dónde va usted? Ahí estará el capitán Moncada.

VENTURA
Por eso voy. A cortar el mal de raíz.

JUAN
Pues bien, sí; tiene usted razón, don Ventura... ¡Ya no podía yo más con este peso en la conciencia! Ese amigo de usted es un canalla. Pero... todavía llega usted a tiempo. ¿Qué va usted a hacer?

VENTURA
¿Qué? Subir y buscar un pretexto para...

JUAN
¿Para un desafío? ¡Ca! Eso sería un disparate.

VENTURA
¡Qué dices!

JUAN
La nobleza se tiene con quien la tiene. Eso fuera bueno si él hubiera venido a robarle a usted la felicidad cara a cara; pero si ha mentido amistad, si ha buscado la sombra, si ha atacado a traición, ¿por qué ha de recibir el castigo frente a frente?

VENTURA
¡Juan!

JUAN
Lo dicho. Si usted, que es una persona decente, oye de noche entrar en su casa; a un ladrón, con la ganzúa en una mano y el cuchillo en la otra, ¿qué hace usted? ¿Salir al encuentro y entregarle una espada para luchar con armas iguales? ¡Ca! Usted hace lo que todo el mundo: se esconde, le espera, se previene, prepara la escopeta, y en cuanto le tiene usted a tiro aprieta usted el gatillo y le salta la tapa de los sesos. Pues ¿por qué el ladrón de dinero ha de ser de peor condición que el ladren de honras, si el ladrón de honras es cien veces más traidor y más canalla y más despreciable que el otro?

VENTURA
Tú desbarras, Juan. Un caballero no puede portarse de esa manera. (Entra en el casino)

JUAN
¡Cuánto me alegro de no ser caballero entonces!


ESCENA IV

Juan, Dolores.

JUAN
¿Ves? ¡Por tu culpa!

DOLORES
Yo nada he dicho. El lo ha adivinado todo; tarde ó temprano tenía que suceder.

JUAN
Y ¿por qué has bajado a la ciudad? ¿Por qué has traído tus amores a la plazuela?...

DOLORES
Usted lo ha dicho; porque estoy loca, padre; loca de rabia, de celos, de dolor...

JUAN
De celos y de rabia, bueno; de dolor ¿por qué? ¡Al contrario! Don Ventura llega a tiempo de salvar su honra, tú te curas de esa pasión maldita...

DOLORES
¿Yo? ¡Si ya estoy curada!

JUAN
Entonces, ¿qué te importa?

DOLORES
Me importa demasiado, porque... ¿entiende usted, padre? ¡Demasiado!

JUAN
¡Cómo! ¿Qué dices? ¡Habla claro! Digo no; no hables. ¿Para qué? Ahora comprendo las bromas de los compañeros, las burlas de las comadres... ¡Tonto de mí, que hace poco aconsejaba a don Ventura, siendo el más necesitado de consejo!... ¡Ah! Yo no llegaré a tiempo, pero llegaré también... ¡Vete!

DOLORES
¡Padre, por Dios!... ¿Qué va usted a hacer?

JUAN
Eso es cuenta mía.

DOLORES
¿Otro desafío? ¡No! Yo no quiero, padre.

JUAN
¡Desafío! El, un señor, y yo, un obrero... ¡No aceptaría, tonta! Ni aunque aceptara querría yo... ¡Sería elevarle a él demasiado!... ¡Vete!

DOLORES
No; yo no me separo de usted. (Llorando)

JUAN
Digo que te vayas.

DOLORES
¡Dios mío!

JUAN
Llora lo que quieras... ¡pero vete! (La empuja violentamente. En cuanto se queda solo en escena se oye dentro muy lejano el himno de los míseros.

Al arma, compañeros,
y así la sociedad, etc.

Poco después se oyen en distintos puntos y lejos también varios toques de corneta)

¡Ah! Le llaman... ¡Tiene que salir!... ¡Que Dios me perdone! (Vase precipitadamente por la última derecha)


ESCENA V

Rafael, Ricardo. (Salen del casino)

RICARDO
¡Qué contrariedad!

RAFAEL
Ahí están; corro a mi puesto inmediatamente. Entretanto vete a buscar a Campuzano, a Escudero, a un amigo cualquiera para que os entendáis con los de ese hombre. Y arregladlo pronto, ¿sabes? Para mañana mismo, a ser posible.

RICARDO
¡Y decías que de los maridos no había que ocuparse!

RAFAEL
Tranquilízate; no será nada. (Se oye más cerca el himno. Segundo toque de cornetas) Vaya, adiós, tengo prisa. Vamos a echar fuera de la ciudad a esos locos, y en seguida estoy a vuestra disposición. (Vase Ricardo por la izquierda. Rafael por la última derecha. En cuanto ha desaparecido de la vista del público, porque se supone que ha doblado la esquina, se oye un grito estridente y la voz del capitán ahogada y ronca que grita: «¡Socorro!» En seguida sale Juan, que se adelanta precipitadamente al proscenio, procurando aparentar tranquilidad. Sale un sereno por el foro derecha)


ESCENA ULTIMA

Juan, Sereno, después Lorenzo, Pilar, Catalina, Ventura, Serenos, Transeúntes, Dolores.

SERENO
(A Juan) ¿Qué pasa?

JUAN
No sé. Ahí creo que un hombre pide socorro. Allá iba yo Corriendo. (Vase el sereno, y en cuanto dobla la esquina, toca el pito de alarma; Se oye el himno de los mineros cada vez más cerca. se abren todas las puertas y aparecen los personajes indicados más arriba, que salen del casino y de la casa de Dª Pilar. Algunos socios aparecen con los tacos en la mano. Corren por todas las callejuelas serenos y transeúntes que se acercan a la última izquierda, Por último, por la primera derecha aparece Dolores, que se abraza desolada a su padre)

DOLORES
¡Padre!

JUAN
¡Silencio!

VENTURA
¡Juan! ¿Tú aquí todavía? ¿Qué ha sido eso?

JUAN
No sé; no he visto nada.

SERENO
(A otro) Al juzgado a escape Aunque todo es inútil; está muerto y bien muerto.

PILAR
¿Qué ha pasado?

SERENO
Nada; cosas de estas noches de revueltas. Que han dado una cuchillada por la espalda a un capitán de lanceros.

VENTURA
¿Un capitán?

CATALINA
¡El!

DOLORES
(Aparte a él) ¡Y ha sido a traición, padre!

JUAN
Sí; a traición. ¡Como él a mí! (En este momento estalla el himno con toda su fuerza y aparecen en las bocacalles del centro los mineros amotinados, que se detienen al ver el cuadro, sin dejar de cantar. Cae lentamente el telón)



FIN


Información obtenida en:
https://archive.org/details/losmineroszarzue13829torr

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