jueves, 7 de marzo de 2013

Manuel Fernández Caballero


Manuel Fernández Caballero nació en Murcia el día 14 de Marzo de 1835, y falleció en Madrid el día 26 de Febrero de 1906 (70 años). Compositor y director de orquesta.


BIOGRAFIA. Fue el décimo octavo hijo del matrimonio formado por el asturiano Manuel Fernández y de la madrileña María Gregoria Caballero. Su educación inicial estuvo a cargo de su tío, Julián Gil, violinista, maestro de capilla de las Angustinas de Murcia y director de la orquesta del teatro y de la banda municipal. Mostró una notable precocidad y con siete años ya tocaba en la orquesta y la banda. A los diez años se trasladó a Madrid, donde recibió clases de Salvador Palazón, cuñado de su madre, durante sólo unos meses hasta su regreso a su ciudad natal. Aprendió a tocar algunos instrumentos de viento de forma casi autodidacta al mismo tiempo que escribía algunas obras religiosas, piezas de baile y arreglos de óperas. Posiblemente a instancias de Soriano Fuertes, con el que trabó contacto en Murcia, decidió marcharse definitivamente a estudiar a Madrid. Allí ingresó en el Consevatorio en 1850, convirtiéndose en alumno de Pedro Albéniz, Antonio Aguado y José Vega, para pasar posteriormente a las clases de Hilarión Eslava, bajo cuya tutela obtuvo los primeros premios de composición en 1856 y 1857. Se presentó a unas oposiciones para maestro de capilla en Cuba, pero su juventud le cerró las puertas. En Madrid trabajó como primer violín en el foso del teatro Real. En 1853 fue nombrado director de orquesta en el teatro Variedades, para el compuso fantasías, oberturas y piezas de baile. También dirigió en ocasiones las orquestas de los teatros Lope de Vega, Circo y Español. Peña y Goñi le asignó su debut como compositor escénico precisamente en el Lope de Vega, en 1854 con Tres Madres Para una Hija, con libreto de Alverá Delgrás. A pesar de las dudas de Cotarelo el dato fue corroborado por su hijo; la partitura, además, se encuentra firmada con el seudónimo de Florentino Durino, en el legado del Museo del Teatro de Almagro. Cotarelo concede, por su parte, la primogenitura a La Vergonzosa en Palacio, a la que denomina más bien una comedia de música. A raíz del estreno, la crítica señaló ya "sus buenas disposiciones", llegando a afirmar que "cuando adquiera más experiencia y se penetre de las exigencias escénicas será más afortunado".
Animado por Barbieri y Gaztambide a asumir mayores responsabilidades, durante estos años llevó a cabo numerosos estrenos, casi todos en el teatro de la Zarzuela. Entre ellos hay que destacar Mentir a Tiempo, 1856, lastrada por un deficiente libreto del entonces principiante Angel María Dacarrete. Con el extravagante título Cuando Ahorcan a Quevedo, Caballero y Eguilaz presentaron en 1857 una zarzuela con un argumento tan embrollado y confuso que fue despreciado por su poca inteligibilidad. La obra fue gritada, afectando a su autor. Sin embargo con Juan Lanas, 1857, Caballero beneficiado por un buen libreto de Francisco Camprodón, obtuvo un recibimiento mucho mejor y frente a las críticas anteriores , que le acusaban de descuido orquestal, en esta ocasión la reacción fue muy distinta hasta el punto de que los mismos medios celebraron la introducción y un dúo, "de calidad de un maestro". Traducida del francés por José María García, se estrenaba el 28 de junio de 1858, una obra de cierta ambición, El Vizconde de Letorières, en la que se vió auxiliado en los cantables por Luis Fernández Guerra. Para ella escribió Caballero una partitura que fue bien recibida, incluso con varias repeticiones en el estreno, pero que a medio plazo no llegó a consolidar. Las dificultades que vivía la zarzuela estos años se constatan en la cantidad de estrenos que se realizaban sin fortuna, aunque ese trabajo sin descanso logró por una parte dotarle de un sabio oficio además de facilitar que la figura de Caballero se instalase habitualmente en las faldas de la generación anterior. En 1858, estenó Un Concinero, acogida con aprecio gracias a una buena interpretación de Luisa Santamaría. Con Frasquito, 1859, dió pie a la presentación del que sería años después célebre sainetero Ricardo de la Vega. Con La Guerra de los Sombreros, 1859, gacetilla lírica de José Picón, volvió a obtener el aplauso general a pesar de tratarse de una pieza de limitadas dimensiones, corroborándose con Un Zapatero, 1859.
la nueva sociedad que se organizó en el teatro Circo, en competencia con el teatro de la Zarzuela requirió de la colaboración de Caballero, aunque este optó por alternar sus trabajos en ambos centros. Así El Gran Bandido, junto a Oudrid y Camprodón, se presentaba en el coliseo de Jovellanos en 1860. Aunque Caballero era sólo responsable del segundo acto fue tan aplaudido que sirvió para mantener la obra en repertorio durante algún tiempo. La relación con Oudrid se materializó en El Caballero Blanco, 1861, como Llegar y Besar el Santo, 1861, ambas estrenadas en el teatro de la Zarzuela con lapso de apenas tres días y que pasaron sin pena ni gloria.. En esos años se constata cómo la vieja generación se está apagando, nombres como Arrieta y Barbieri quedaban incluso en un segundo plano mientras Gaztambide, que falleció en 1870, y Oudrid, parecían caer en la decadencia. Así la mayor apuesta de la temporada siguiente llegaría con La Reina Topacio, 1861. En plena etapa de grandes fracasos una pieza como Roquelaure, 1862, se salvó de la quema, pero Equilibrios del Amor, 1862, Juegos de Azar, 1862 y Los Suicidas, 1862, fracasaron. Algo de mayor fortuna tuvieron Aventuras de un Joven Honesto, 1862.
Después de todos estos contratiempos y teniendo en cuenta el relativo éxito de sus numerosos estrenos, además de la difícil situación que se vivía en el Madrid de la época, Caballero optó en 1864 por marcharse a Cuba donde estuvo siete años. Regresó en 1871, y estrenó El Primer Día Feliz, 1872, que se convirtió en un éxito de público y crítica. De esta época El Año del Diablo, 1875, Este Joven me Conviene, 1875, aunque sería con La Gallina Ciega, 1873, popularizada por su famosa habanera luego adaptada por Sarasate en sus Danza españolas, y cuyo espíritu supo traducir como nadie el autor murciano. Este éxito potenció al compositor que volvió a acertar con La Marsellesa, 1875. Con Las Nueve de la Noche, 1875, el mayor triunfo hasta el momento.
En la temporada 1876-77 se hizo cargo de la dirección de la orquesta del Apolo aunque ello no implicaba ninguna exclusiva en el ámbito de la creación. Los estrenos de Los Sobrinos del Capitán Grant, 1877, y El Salto del Pasiego, 1878, la primera presentada como gran cosmorama, en plena eclosión de Bufos de Arderius, se benefició de las espectaculares características técnicas del teatro Príncipe Alfonso donde se ofrecía en una fecha tan extraña como el 25 de agosto. También gusto El Lucero del Alba, 1878. Un año más tarde asumía junto a Luis Mariano de Larra la dirección artística del teatro de la Zarzuela.
Son los años ochenta los que cambiaron el mundo de la zarzuela. Por una parte el género chico, introducido en los setenta, se consolida con increíble fuerza, mientras que el grande, en transformación absoluta, como resultado de las nuevas tendencias, fue prácticamente monopolizado por Chapí. Caballero se adaptó bien a las circunstancias y durante las dos siguientes décadas todavía proporcionó obras de relevancia, sobre todo en el género chico, lo que es más meritorio si se recuerda que en sus últimos años su vista se resintió considerablemente hasta dejarlo casi ciego. En 1883, Caballero se unió a Arrieta, Chapí, Llanos y Marqués, así como a los libretistas Ramos Carrión, Zapata, Estremera y Novo y Colson para firmar un compromiso para llevar a cabo la temporada del teatro Apolo comprometiéndose a estrenar por lo menos una obra de cada uno por temporada, sin que se excluyera a ningún otro autor, asegurando la provisión de piezas nuevas en cada una de las dos temporadas que habñia de durar el denominado compromiso "de los ocho", ya que Novo se salió antes de firmar. Y fue precisamente una obra del murciano El Arte Patrio, 1883, lo que podía considerarse un pregón de los planes de la nueva empresa. Durante esta época hay que destacar el impacto popular de Los Bandos de Villafrita, 1884. Importante fue también el estreno de Chateau Margaux, 1887. Ese mismo año tuvo también una gran resonancia el estreno de Cuba Libre, 1887, del éxito da pie el hecho de que en poco más de un mes generó 15.000 duros de ganacias. Culminaba esa época Los Zangolotinos, 1889. La vitalidad artística de Caballero se mantuvo durante los años noventa pese a las dificultades de su salud. Tras piezas como El Fantasma del Fuego, 1891, Los Aparecidos, 1892. Después éxitos menores como Triple Alianza, 1893, el gran acontecimiento se produjo con El Dúo de la Africana, 1893. Un año más tarde vendrían otros acontecimientos , caso de Los Dineros del Sacristán, 1894. En 1895 El Cabo Primero obtuvo un increíble éxito. En la temporada 1896-97 llegó a la plenitud con El Padrino de El Nene, que suponía un gran éxito para el actor Julián Romea y sobre todo con La Viejecita, 1897. Tras obras secundarias como San Gil de las Afueras, 1897, vendría El Señor Joaquín, 1898. Pero fue con Gigantes y Cabezudos, cuando se generó otro de los grandes acontecimientos del momento, posiblemente el último gran éxito en la carrera del compositor.
En torno a 1900 su salud visual debió de ser muy precaria ya que la Academia de Bellas Artes le concedió una dispensa para tomar posesión de su puesto como académico "por hallarse privado de la vista". Ingresó en la Academia el d de marzo de 1902. En 1904, tal como dio a conocer Bretón en la Academia Caballero sufrió una operación quirúrgica de la que no debió salir muy bien. A su muerte, se celebró un entierro multitudinario, con las calles adyacentes a la comitiva fúnebre llenas de un público deseoso de mostrar sus últimos respetos. Su cadáver fue enterrado en el cementerio de Santa María.

  
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